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Filosofía y cristianismo

¿Agua y aceite?

Soy consciente de lo impopular que es el tema de la filosofía en el contexto secular, tema al que la mayoría de no creyentes ven como estéril, denso, complejo, aburrido y sin relación alguna con la vida práctica cotidiana, sino reservado a los académicos y especialistas encerrados en su torre de marfil, mientras que en el cristianismo buena parte de la iglesia actual suscribe también todo esto, pero le añade una estigmatización por la cual consideran que la filosofía es una estrategia satánica para pervertir el evangelio y debe, por tanto, ser combatida. Pero aunque haya ciertos filósofos y ciertas filosofías que puedan alimentar estos engañosos estereotipos, nada hay más lejos de la realidad. Lo cierto es que la filosofía, aunque no nos demos cuenta de ello, forma parte de la vida diaria de todas las personas y moldea sin saberlo su visión del mundo y de la realidad y su forma de relacionarse con ella.

Para desmontar las prevenciones alrededor de la filosofía y los malentendidos populares en relación con ella, cierto maestro de secundaria llevaba a cabo con sus estudiantes mal dispuestos hacia ella el siguiente ilustrativo ejercicio: les preguntaba aleatoriamente a un significativo número de ellos ꟷpara entrar en confianza y romper el hieloꟷ, cuáles eran sus aspiraciones en la vida y que esperaban de ella en el futuro. Cuando comenzaban a surgir respuestas honestas de este estilo: “Divertirme y pasarla bien”, “hacer dinero”, “Ayudar a otros”, “formar una familia”, “tener un buen trabajo”, “viajar”, o “yo no espero gran cosa de la vida”, “tomar lo mejor que pueda de ella”, “vivirla con calma y en paz”, “vivir con sencillez”, etc., luego de la correspondiente respuesta, él procedía luego a señalar a cada uno poniéndole un rótulo correspondiente, así: “tú eres un hedonista”, “tú eres un materialista/utilitarista”, “tú eres un humanista altruista”, “tú eres un pragmatista”, “tú eres un existencialista/vitalista”, “tú eres un escéptico”, “tú eres un ecléctico”, “tú eres un estoico”, “tú eres un epicúreo” y así sucesivamente, mostrando de este modo como toda visión de la vida encierra de algún modo alguna filosofía conocida en particular, aunque no seamos conscientes de ella.

El cristianismo, sin ser una filosofía, pues es mucho más que eso, sí contiene o implica una filosofía de vida o a veces varias y tiene útiles afinidades con ciertos aspectos de muchos sistemas filosóficos a lo largo de la historia, como lo han entendido un buen número de pensadores cristianos de renombre a lo largo del tiempo. Así, pues, contrario a lo que muchos cristianos piensan, la filosofía no es algo que la Biblia condene por sí misma. Tal vez el lector y oyente se pregunte qué hacemos, entonces, con el pasaje de Colosenses 2:8 en el que Pablo advierte: “Cuídense de que nadie los cautive con la vana y engañosa filosofía que sigue tradiciones humanas, la que va de acuerdo con los principios de este mundo y no conforme a Cristo”. Pero este versículo no condena la filosofía de manera absoluta. Más bien nos advierte contra cierto tipo de filosofía: la que: “… sigue tradiciones humanas…” y “… va de acuerdo con los principios de este mundo y no conforme a Cristo”. Y no toda la filosofía encaja en esta descripción. Por lo tanto, si después de someter a prueba una filosofía determinada, como lo implica y da por sentado la Biblia al ordenarnos: “sométanlo todo a prueba, aférrense a lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21), encontramos que esta filosofía no es del tipo descrito aquí por Pablo y que, además de eso, tiene cosas buenas, debemos aferrarnos a ella y darle buen uso en el marco de la práctica y la defensa de la fe. Pablo mismo llevó a cabo este ejercicio al citar favorablemente a autores paganos reconocidos como Epiménides, Arato y Cleantes en su predicación a los atenienses en el areópago, como lo narra el capítulo 17 verso 28 del libro de los Hechos de los Apóstoles y en 1 Corintios 15:33 cita a Menandro, para volver a citar, una vez más, a Epiménides en Tito 1:12.

Al fin y al cabo, ¿no dicen las Escrituras que “el que es espiritual lo juzga todo” (1 Corintios 2:15)? Pero para poder juzgar, hay que conocer antes lo que se juzga para hacerlo con justicia, lo cual nos obliga a documentarnos, ya sea para aprobar o condenar, retener o desechar lo que estamos juzgando. Tertuliano, uno de los más grandes padres de la iglesia, fue muy crítico hacia la filosofía, al punto que una de sus frases más conocidas fue: “¿Qué tiene que ver Atenas con Jerusalén?”, para indicar que la filosofía no tiene nada que ver con el cristianismo. No obstante, él mismo no fue muy consecuente en la práctica con la frase que tan vehementemente pronunció en su momento en contra de la filosofía. Porque es un hecho reconocido por todos que él mismo retuvo muchas cosas de la filosofía estoica. Cosas que consideró compatibles y útiles para el evangelio, al punto que llegó a pronunciarse en términos tan favorables de Séneca, uno de los máximos representantes de esta escuela filosófica antigua, que al hacerlo casi contradice su repudio formal de la filosofía pagana.

Asimismo, uno de los más grandes teólogos cristianos de la historia, el gran Agustín de Hipona, citó también de manera favorable al filósofo Cicerón, pues antes de ser cristiano y con el propósito de pulir su estilo como retórico y orador profesional, leyó una de las obras de Cicerón, considerado un maestro en esta disciplina, llamada ‘El Hortensio’, sintiéndose estimulado por ella a apartarse de la retórica pura y superficial y lanzarse a la búsqueda de la verdad, lo cual nos indica que fue gracias a un libro de filosofía que Agustín corrigió el rumbo que llevaba su vida para llegar a la Biblia y terminar convertido al cristianismo. Lo cierto es que, entre los llamados “padres de la iglesia” de los cuatro primeros siglos del cristianismo, la postura de repudio formal hacia la filosofía fue más bien minoritaria, pues la mayor parte de los más destacados teólogos y apologistas cristianos de estos primeros siglos de la iglesia, con Agustín entre ellos, eran, además de hombres piadosos versados en la Biblia y en la teología, también amplios conocedores de la filosofía y la utilizaban con destreza en la defensa de la fe. Tanto así que se considera de manera general que durante toda la Edad Media la teología y la filosofía se llevaron muy bien y marchaban juntas, pues Agustín de Hipona llevó a cabo una síntesis entre el cristianismo y la filosofía platónica que fue la base de todo el pensamiento cristiano a lo largo de toda la Edad Media. Y hacia el final de ella, los teólogos escolásticos como Tomás de Aquino y otros con él, hicieron lo propio entre el cristianismo y la filosofía aristotélica.

Clemente, el gran teólogo de Alejandría incluso llegó a afirmar que la filosofía fue dada a los griegos con el mismo propósito que la ley fue dada a los judíos, para servirles de guía que los condujera a Cristo. Fue de este modo que la filosofía llegó a convertirse durante toda la Edad Media en una útil auxiliar de la teología, al punto que se llegó a designar a la filosofía como “ancilla theologiae”, es decir, sierva de la teología. Fue únicamente a partir de la Edad Moderna que la teología y la filosofía se enemistaron y separaron, experimentando ambas una gran pérdida en este enfrentamiento. Pérdida especialmente sentida por la disciplina apologética a la hora de defender la fe con consistencia y convicción ante el pensamiento secular neopagano o ateo, indistintamente, de nuestros días.

Y fue una gran perdida, porque la filosofía prestó algunos usos muy provechosos para la iglesia en la defensa de la fe, al adiestrar a los cristianos para argumentar y pensar con rigor lógico y capacidad de convicción. De hecho, el propio Pablo utilizaba en todas sus epístolas la dialéctica griega, es decir la forma contundente de razonamiento de los griegos. En este orden de ideas la filosofía ayudó a precisar términos y a definir conceptos teológicos con claridad y exactitud, algo necesario a la hora de hacer una defensa de nuestra fe para lograr hacernos entender correctamente por nuestros interlocutores y eventuales opositores. De hecho, términos de uso general hoy día, no sólo en el campo de la teología sino en el lenguaje culto, tales como esencia, sustancia, naturaleza, subsistencia y persona, entre otros; alcanzaron el significado que hoy ostentan gracias a la teología y la filosofía trabajando de manera combinada y mancomunada.

Y es que la filosofía, antes que enseñarnos o hacer proselitismo a favor de los contenidos de las diversas escuelas filosóficas que la historia conoce, nos enseña es a pensar y a expresar nuestros pensamientos ꟷincluyendo la correcta exposición de la Bibliaꟷ de una manera metódica y sistemática, con rigor intelectual. Nos enseña a darle peso a nuestras razones y a razonar de una manera lógica, coherente, consecuente y contundente. Nos adiestra en la labor de sacar deducciones concluyentes y de descubrir todas las implicaciones que un planteamiento doctrinal o teórico cualquiera tiene para la vida práctica de las personas que lo suscriben o profesan, algo muy necesario en el campo de la fe para la práctica de la ética cristiana.

En pocas palabras, la filosofía tal vez no nos enseñe a creer en Cristo, pero si nos ayuda a entender por qué hemos creído en él. Y en esta línea, la filosofía refuerza nuestra capacidad para pensar de manera crítica, ayudándonos a examinar mejor las cosas para no dejarnos meter gato por liebre de tal manera que, puesta al servicio de la teología bíblica impedirá que seamos como niños: “… zarandeados por las olas y llevados de aquí para allá por todo viento de enseñanza y por la astucia y los artificios de quienes emplean artimañas engañosas” (Efesios 4:14). Por todo lo anterior, las prevenciones gratuitas de los cristianos hacia la filosofía están mandadas a recoger y amenazan con hacer de la predicación cristiana una doctrina encerrada en el gheto de la iglesia que se torna irrelevante para el mundo de hoy que considera a la Biblia un libro religioso más y no le presta crédito, a no ser que se le presente también con un poder de convicción argumental racional y razonable que refuerce la convicción del Espíritu de Dios sobre los corazones de las personas en general y de los creyentes en particular, propósito en el cual la filosofía puede aportar mucho.

Arturo Rojas

Cristiano por la gracia de Dios, ministro del evangelio por convicción y apologista por vocación. Hice estudios en el Instituto Bíblico Integral de Casa Sobre la Roca y me licencié en teología por la Facultad de Estudios Teológicos y Pastorales de la Iglesia Anglicana y de Logos Christian College. Cursé enseguida una maestría en Divinidades y estudios teológicos en Laud Hall Seminary y, posteriormente, fui honrado con un doctorado honorario por Logos Christian College.

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