Dios nos exhorta a examinar Su Palabra en la Biblia y a examinarnos a nosotros mismos a Su luz de forma regular. El apóstol Pablo salvaba su responsabilidad de este modo: “Al contrario, hablamos como hombres a quienes Dios aprobó y les confió el evangelio: no tratamos de agradar a la gente, sino a Dios que examina nuestro corazón” (1 Tesalonicenses 2:4) y es él quien bajo la inspiración divina se dirige a la iglesia de este modo: “Examínense para ver si están en la fe; pruébense a sí mismos. ¿No se dan cuenta de que Cristo Jesús está en ustedes? ¡A menos que fracasen en la prueba!” (2 Corintios 13:5). Un examen particularmente necesario a la hora de participar de la cena del Señor: “Así que cada uno debe examinarse a sí mismo antes de comer el pan y beber de la copa… [pues] Si nos examináramos a nosotros mismos, no se nos juzgaría” (1 Corintios 11:28, 31). Un examen que debe llevarse a cabo contra el trasfondo de nuestra propia medida de fe y no para presumir ni compararnos con los demás: “Cada cual examine su propia conducta; y si tiene algo de qué presumir, que no se compare con nadie” (Gálatas 6:4). Pero dado que el Espíritu de Dios: “… lo examina todo…” (1 Corintios 2:10), el examen más recomendable que podemos hacer de nosotros mismos es aquel en el que invitamos al propio Dios a hacerlo con nosotros en los estimulantes términos puntuales en que lo hace el salmista al pedir: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis ansiedades. Fíjate si voy por un camino que te ofende y guíame por el camino eterno” (Salmo 139:23-24)
Examíname, Oh Dios
"El examen más honesto, veraz y sensible que podemos llevar a cabo de nosotros mismos es aquel en el que invitamos a Dios a hacerlo con nosotros”






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