En el curso de la vida cristiana aprendemos que Dios no siempre obra en nuestras vidas de manera apreciable y que puede haber largos periodos en que su actividad providencial para conducir nuestros pasos parece ausente. C. S. Lewis nos da luces al respecto al afirmar que la ausencia de experiencias religiosas exaltadas y los lapsos en que no “sentimos” su presencia son normales en la vida cristiana y que la sequía y monotonía que pueden caracterizar estos lapsos son algo natural y no obra del diablo ni síntoma de enfriamiento. La razón de esto es que Dios: “Está dispuesto a dominar un poco al principio [de la vida cristiana]… con comunicaciones de Su presencia que, aunque tenues, le parecen grandes”, haciendo no obstante la siguiente precisión: “Pero Él nunca permite que este estado de cosas se prolongue. Antes o después retira, si no de hecho, sí al menos de su experiencia consciente, todos estos apoyos e incentivos. Deja que la criatura se mantenga sobre sus propias piernas, para cumplir, solo a fuerza de voluntad, deberes que han perdido todo sabor”, concluyendo: “Es en esos periodos de bajas, mucho más que en los periodos de altos, cuando se está convirtiendo en el tipo de criatura que Él quiere que sea”. Por eso, recordar sus actuaciones del pasado en nuestras vidas y sus promesas seguras nos libra de intentar forzar sus actuaciones poniéndolo a prueba como lo hizo Israel en el desierto: “Pero muy pronto olvidaron sus acciones y no esperaron a conocer sus planes. En el desierto cedieron a sus propios deseos; en los páramos pusieron a prueba a Dios” (Salmo 106:13-14)
En el desierto pusieron a prueba a Dios
"Ser desagradecidos olvidando sus promesas y lo que Dios ya ha hecho por nosotros en el pasado puede conducirnos al pecado de ponerlo a prueba”






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