La confianza de Esdras en Dios y Su cuidado sobre Su pueblo en su propósito de regresar a salvo y conforme a Su voluntad a reconstruir la ciudad de Jerusalén que se encontraba en ruinas; fue puesta a prueba de este modo: “En realidad, sentí vergüenza de pedirle al rey que nos enviara un pelotón de caballería para que nos protegiera de los enemigos, ya que le habíamos dicho al rey que la mano de Dios protege a todos los que confían en él, pero que Dios descarga su poder y su ira contra quienes lo abandonan. Así que ayunamos y oramos a nuestro Dios pidiéndole su protección y él nos escuchó” (Esdras 8:22-23). En realidad, esta fue una apuesta arriesgada, pues el camino de regreso estaba plagado de peligros y las sendas y vías de comunicación antiguas en el Medio Oriente eran merodeadas con frecuencia por bandas armadas de ladrones y salteadores de caminos, por lo que la decisión de Esdras fue, ciertamente, un acto de confianza en Dios y en su protección que iba en contra de las probabilidades, que nos recuerda de paso que los creyentes debemos actuar igualmente de manera coherente y consecuente con lo que creemos en relación con Dios y asumir valientemente los riesgos que esto pueda implicar, sin incurrir tampoco en temeridades ni presunciones altivas, a semejanza de Esdras y de quienes regresaron con él, que a pesar de su confianza en la protección de Dios, no la dieron por sentada, sino que la invocaron también humildemente en oración y ayuno, brindando en esto a la iglesia un ejemplo digno de imitar en toda circunstancia
Dios protege a quienes confían en Él
“Nuestras acciones y decisiones deben ser coherentes y consecuentes con la fe y la confianza que manifestamos en la protección y el cuidado de Dios”






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