C. S. Lewis consideraba que el argumento natural más contundente a favor de la existencia de Dios era nuestra conciencia moral, pues ésta sería una especie de “información confidencial” que Dios habría otorgado con exclusividad a todos los seres humanos sin excepción, que nos permitiría saber, estudiar y comprender no solamente cómo son las cosas ꟷque es de lo que la ciencia se ocupaꟷ, sino antes que nada, cómo deberían ser, aunque no logremos nunca del todo en este tiempo que el ser de las cosas se ajuste al deber ser en lo que tiene que ver con las leyes que deberían regir el comportamiento humano. Por eso el profeta no tiene que referir las maldades e infidelidades humanas a la ley escrita revelada y codificada en la Biblia para que seamos conscientes de ellas, sino simplemente al recto ejercicio de nuestras conciencias cuando aún las mantenemos sensibles, funcionales y operativas para cumplir su propósito y hacernos saber de qué lado de la cerca estamos parados, pues sea como fuere, con arreglo a códigos legales o incluso al margen de ellos: “Tu maldad te castigará, tu infidelidad te recriminará. Ponte a pensar cuán malo y amargo es abandonar al Señor tu Dios y no sentir temor de mí», afirma el Señor, el Señor de los Ejércitos” (Jeremías 2:19). Por eso el apóstol Pablo decía que aun los paganos que no conocen la ley escrita: “llevan escrito en el corazón lo que la ley exige… como lo atestigua su conciencia, pues sus propios pensamientos algunas veces los acusan y otras veces los excusan” (Romanos 2:15), de modo que nadie tiene excusa
Cuán amargo es abandonar al Señor
"Nuestras propias conciencias no hacen más que confirmar las reprensiones y recriminaciones que los demás nos dirigen por nuestras malas acciones”






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