Si bien esta porción ya se encontraba en la Biblia en Deuteronomio 8:3, fue Jesucristo quien la hizo famosa al citarla en medio de su tentación en el desierto, luego de un ayuno de 40 días en que sintió hambre y Satanás lo tentó para que transformara una piedra en pan para saciarla, recibiendo como respuesta la apelación del Señor a la cita en cuestión: “Jesús respondió: ꟷEscrito está: ‘No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios’” (Mateo 4:4). Al hacerlo así el Señor ratificó la singular diferencia entre los seres humanos y los animales con quienes comparte la anatomía, la fisiología y las mismas funciones biológicas materiales de todos los seres vivos, entre las que se encuentran la necesidad del alimento físico para su subsistencia y supervivencia y cumplir así su ciclo vital natural de nacer, crecer, multiplicarse y morir. Pero el ser humano no es un animal. O mejor, es mucho más que un animal. Como lo decía C. S. Lewis, somos anfibios: “mitad espíritu y mitad animal…” añadiendo que, como espíritus, pertenecemos al mundo eterno. Y esta particular y especial condición genera también en nosotros necesidades particulares de alimento y bebida de carácter espiritual y no material a las que el profeta hacía referencia de este modo: “»Vienen días», afirma el Señor y Dios, «en que enviaré hambre al país; no será hambre de pan ni sed de agua, sino hambre de oír las palabras del Señor” (Amos 8:11). La misma sed experimentada por David: “Como ciervo jadeante que busca las corrientes de agua, así te busca, oh Dios, todo mi ser” (Salmo 42:1)
Como siervo jadeante
"Sólo en Dios halla su satisfacción más plena y completa la sed espiritual del ser humano que se siente en medio de las sequías de la existencia”






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