El epílogo del libro de Ester es un registro de la grandeza de Mardoqueo y de la manera en que fue exaltado y elevado al segundo lugar de jerarquía en la corte del rey Asuero en el imperio persa, el mayor poder político dominante en el mundo de la época: “El judío Mardoqueo fue preeminente entre su pueblo y segundo en jerarquía después del rey Asuero. Alcanzó gran estima entre sus muchos compatriotas, porque procuraba el bien de su pueblo y promovía su bienestar” (Ester 10:3), a semejanza de lo sucedido con José más de mil años atrás en Egipto por parte del faraón reinante cuando Egipto era, a su vez, la nación más poderosa del momento. Sin embargo, sin perjuicio de su grandeza como dirigente político al servicio del imperio y de la mención de todos los hechos de poder y autoridad que llevó a cabo desde esa privilegiada posición, la preeminencia que Mardoqueo alcanzó entre su propio pueblo y la gran estima en que éste lo tuvo obedeció de manera particular a su disposición constante a procurar el bien de ellos y a promover su bienestar, como ya lo había demostrado desde antes de ostentar esta posición al desempeñar un papel crucial, junto con Ester, en la liberación de su pueblo del exterminio al que había sido sentenciado a instancias del malvado y malogrado Amán. Y es que la verdadera grandeza es la que es producto de la estima de los demás hacia quienes procuran hacer el bien y utilizan su poder para promover el bienestar de los demás, como lo hizo Cristo en su paso histórico por el mundo y lo sigue haciendo Dios continuamente con Su pueblo
Alcanzó gran estima
“La verdadera estima que perdura y ostenta todo el fundamento es la que nos merecen quienes procuran hacer el bien y promueven nuestro bienestar”






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