La poesía y el lenguaje figurado en la Biblia atribuye ocasionalmente a plantas y animales y a la naturaleza en general un cierto grado de conciencia de tipo personal en historias semejantes al género literario de los griegos conocido como la fábula, como eficaz recurso comunicativo para transmitir verdades de una manera más gráfica y vívida. En los salmos leemos, por ejemplo: “Al ver esto, el mar huyó; el Jordán se volvió atrás. Los montes saltaron como carneros, las colinas saltaron como corderos. ¿Qué te pasó, mar, que huiste, y a ti, Jordán, que te volviste atrás? ¿Y a ustedes, montes, que saltaron como carneros? ¿Y a ustedes, colinas, que saltaron como corderos? ¡Tiembla, oh tierra, ante el Señor, tiembla ante el Dios de Jacob!” (Salmo 114:3-7). Así, pues, la naturaleza misma: la tierra, el mar, los montes y las colinas reaccionan casi como seres vivos, temblando, huyendo, saltando y retrocediendo, como carneros o corderos, ante la presencia majestuosa de Dios en medio de ella, por contraste con la ceguera, apatía e indiferencia de los seres humanos, los únicos seres vivos de la creación material que podemos tener clara conciencia de nosotros mismos y de Dios para darle de manera voluntaria, intencional, rendida y agradecida el reconocimiento a Su realidad y la honra y la gloria que merece de nuestra parte, para no caer en la ceguera e insensatez del profeta mercenario Balán, incapaz de percibir al Ángel del Señor saliéndole al paso en varias ocasiones, por contraste con su humilde burra que sí logró percibirlo para vergüenza del ciego profeta
Al ver esto, el mar huyó
"Si la Biblia atribuye a la naturaleza inconsciente un reconocimiento casi consciente de la realidad divina, con mayor razón debemos hacerlo nosotros”






Deja tu comentario