En las profecías del Antiguo Testamento, Edom aparece repetidamente como objeto del juicio divino. La causa no fue simplemente una disputa territorial o un conflicto pasajero, sino una enemistad ancestral, arraigada y gratuita hacia Israel. Esa hostilidad se remontaba a la rivalidad entre Esaú y Jacob, y se transmitió de generación en generación. El Señor, por medio de Ezequiel, acusa a Edom: “»“Porque mantienes una antigua enemistad entregaste a los hijos de Israel al poder de la espada en el día de su castigo final” (Ezequiel 35:5). Esto describe no solo un resentimiento latente y crónico, sino una actitud ventajosa para aprovecharse del sufrimiento ajeno. Edom no se limitó a observar la desgracia de Israel; colaboró con sus enemigos y participó en su humillación. En la perspectiva divina, esa actitud es inexcusable. No hay justificación para la enemistad gratuita, especialmente contra el pueblo escogido de Dios. El juicio contra Edom es un recordatorio de que Dios toma en serio la lealtad, la misericordia y la solidaridad. Dios condena el odio, y en especial cuando es sin causa, pues cuando se deja crecer se convierte en una fuerza que busca activamente el mal del otro. Por eso, la Biblia advierte también contra la raíz de amargura que contamina y destruye. Para la iglesia, Edom es un espejo que nos llama a examinar nuestras propias actitudes y depurarlas de estas animosidades gratuitas, buscando la reconciliación en su lugar. El juicio contra Edom no fue, pues, un capricho divino, sino una respuesta justa a una hostilidad persistente, condenable y sin fundamento real
Entregaste a los hijos de Israel
"Los muchos juicios divinos contra Edom en los profetas se justifican por la enemistad gratuita y proverbial por parte de este pueblo hacia Israel”






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