Las visiones bíblicas son experiencias espirituales auténticas, otorgadas soberanamente por Dios mediante Su Espíritu, con un propósito revelador. No son el fruto de técnicas o destrezas humanas, ni el producto de la manipulación mental o de prácticas esotéricas. En desarrollo de ellas, los profetas eran trasladados por el Espíritu de un lugar a otro, como le sucedía a Ezequiel: “El Espíritu me levantó y me llevó hasta la entrada oriental del Templo del Señor. A la entrada vi a veinticinco hombres, entre los cuales estaban Jazanías, hijo de Azur, y Pelatías, hijo de Benaías, que eran líderes del pueblo” (Ezequiel 11:1), y también a profetas como Elías que eran, literalmente, trasladados por el Espíritu, a semejanza del diácono Felipe en el Nuevo Testamento, de quien se dice: “… el Espíritu del Señor se llevó de repente a Felipe…” (Hechos 8:39). Estas experiencias no tienen, pues, nada que ver con los “viajes astrales” o “desdoblamientos”, exhibidos por muchos como logros personales o méritos espirituales, resultado del dominio de técnicas calificadas y condenadas como ocultismo en la Biblia. Experiencias alimentadas muchas veces por el deseo de poder, control o evasión de la realidad que no tienen el sello ni la intención de las visiones bíblicas y su propósito, que es llamarnos al arrepentimiento, a la verdad y a la fidelidad, a diferencia de los viajes místicos centrados en el yo y en supuestos conocimientos ocultos. No todo lo sobrenatural es divino. Las visiones verdaderas no se buscan, se reciben. Y quien las recibe, tiembla ante su peso y su implícita responsabilidad
El Espíritu me llevó a la entrada del Templo
"Las visiones bíblicas no deben confundirse con los desdoblamientos, proyecciones y viajes astrales de los que hoy algunos se jactan y hacen gala”






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