El llanto es una de las reacciones fisiológicas más humanas y como tal cubre toda una gama de emociones diversas, desde el dolor y la tristeza, la más común de todas, hasta la alegría intensa, pasando por otras más matizadas y entremezcladas que van de la una a la otra, como el miedo, la angustia, la ira contenida, la frustración, la compasión, la nostalgia, el asombro o la admiración estética y el alivio. El remordimiento es una forma particular de tristeza que se traduce en llanto, como sucedió con el pueblo de Judá en medio del sufrimiento y muerte infligido por la invasión y conquista del ejército de Nabucodonor como juicio divino por los pecados del pueblo, ante lo cual clamaron al Señor con llanto: “El corazón de la gente clama al Señor con angustia. Muralla de la hija de Sión, ¡deja que día y noche corran tus lágrimas como un río! ¡No te des un momento de descanso! ¡No retengas el llanto de tus ojos!” (Lamentaciones 2:18). Pablo menciona e identifica dos clases de tristeza: una, el remordimiento, que procede del mundo y conduce a la muerte y otra que procede de Dios y conduce al arrepentimiento, que es en lo que el remordimiento debería aspirar a convertirse cuando lo experimentamos para que produzca fruto, pues éste por sí solo llevó al apóstol Judas al suicidio, mientras que el arrepentimiento llevó al apóstol Pedro al perdón y la restauración, puesto que: “… La tristeza que proviene de Dios produce el arrepentimiento que lleva a la salvación, de la cual no hay que arrepentirse, mientras que la tristeza del mundo produce la muerte” (2 Corintios 7:10)
Deja que corran tus lágrimas
"El llanto es una de las más sentidas manifestaciones del dolor humano que debemos surtir con la esperanza de que sea el inicio del arrepentimiento”






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