El endurecimiento es una alternativa que puede hacer presa del ser humano cuando rechaza una y otra vez de manera reiterada las exhortaciones, apelaciones y amonestaciones que Dios nos hace de muchas maneras para que regresemos a Él en humilde arrepentimiento y disposición a la obediencia y que, como tal, marca el colmo de la necedad y la obstinada negativa a sus justos requerimientos que nos hace preferir morir en nuestra ley que vivir por la ley de Dios, como sucedió con el pueblo de Judá a juzgar por las palabras que Dios les dirige en estos términos: “Y ahora habla con los habitantes de Judá y de Jerusalén y adviérteles que así dice el Señor: ‘Estoy preparando una calamidad contra ustedes y elaborando un plan en su contra. ¡Vuélvanse ya de su mal camino; enmienden su conducta y sus acciones!’. Ellos objetarán: ‘Es inútil. Vamos a seguir nuestros propios planes’ y cada uno cometerá la maldad que dicte su obstinado corazón»” (Jeremías 18:11-12). Si bien es cierto que Eclesiastés declara que “Mientras hay vida hay esperanza…” (Eclesiastés 9:4) y que, en teoría, esto es cierto, como lo ilustra el criminal crucificado al lado del Señor que, luego de desperdiciar toda su vida al servicio de la maldad, en sus últimos momentos en este mundo tuvo la lucidez suficiente para volverse a Dios con arrepentimiento y confesión, siendo perdonado por Él; también lo es que el faraón de Egipto se endureció a tal grado contra Dios que terminó siendo el mejor ejemplo de lo que puede ser un caso perdido en la Biblia, aun teniendo todavía la vida por delante
Vuélvanse ya de su mal camino
"El relajamiento y la tolerancia crecientes del pecado en nuestras vidas nos endurecen a la sabia guía de Dios y nos hacen sordos a sus advertencias”






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