La sucesión de las estaciones y los ciclos de sol y lluvia en la naturaleza son manifestaciones de la gracia y la superior sabiduría divina que diseñó y creó a la naturaleza con todas estas funcionalidades para el beneficio de los seres vivos en general y de los seres humanos en particular en sus labores de siembra y cosecha a lo largo de la historia. No debe extrañar, pues, que, agradecidos de ello, los pueblos primitivos hayan divinizado estos ciclos y creado un culto idólatra alrededor de ellos, cediendo a lo señalado por Pablo: “Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, adorando y sirviendo a los seres creados antes que al Creador…” (Romanos 1:25). Justamente, al compartir el evangelio a uno de estos pueblos paganos como los supersticiosos y rudimentarios habitantes de Listra, lo hizo apelando a estas realidades que ellos podían comprender bien: “… Las buenas nuevas que les anunciamos es que dejen estas cosas sin valor y se vuelvan al Dios viviente, que hizo el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos… Sin embargo, no ha dejado de dar testimonio de sí mismo haciendo el bien, dándoles lluvias del cielo y estaciones fructíferas, proporcionándoles comida y alegría de corazón” (Hechos 14:15, 17). Es por eso que ya antes de Pablo, Dios interpelaba a Su pueblo de ayer y de hoy por medio del profeta Jeremías recordándoles algo que se cae de su peso: “¿Acaso hay entre los ídolos falsos alguno que pueda hacer llover? ¿Pueden los cielos solos dar lluvia? Solo tú, Señor y Dios nuestro, puedes hacer todas estas cosas; por eso nuestra esperanza está en ti” (Jeremías 14:22)
¿Hay alguno que pueda hacer llover?
"La lluvia a su tiempo y en su justa proporción es una de las bendiciones más apreciadas con las que Dios favorece a Su pueblo a través del tiempo”






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