La lógica y el sentido común más elemental debería ser suficiente para dejar sin piso a la idolatría o, por lo menos, el culto a las imágenes que la suele acompañar, como lo señala bien el profeta: “Sus ídolos no pueden hablar; ¡parecen espantapájaros en un huerto de pepinos! Tienen que ser transportados, porque no pueden caminar. No les tengan miedo, porque no les pueden hacer ningún mal, pero tampoco ningún bien»” (Jeremías 10:5). Si bien es cierto que la Biblia nos revela que los ídolos no son nada, también nos revela que los demonios pueden enmascararse detrás del culto a ellos dirigido para desviar nuestra adoración del único Dios vivo y verdadero y, como tales, pueden dar la impresión de favorecer momentáneamente de manera engañosa a los idólatras de turno, pero al final siempre se volverán destructivamente contra ellos, pues esa es la naturaleza de los demonios. Por esta causa, la confianza de sus seguidores en ellos es necia y carente de todo fundamento, pues incluso en el mejor de los casos, a la postre siempre saldrá defraudada y dejará a quienes apelan a ellos en una condición muy lastimosa. Del mismo modo, el temor a ellos tampoco tiene fundamento. En particular cuando hemos depositado de manera acertada nuestra confianza en el Dios verdadero y nos hemos rendido a Él acogiéndonos a su protección y cuidado, pues el poder de los demonios no será rival para el poder y la sabiduría de Dios obrando a nuestro favor, pues también es de sentido común que: “Si Dios está de nuestra parte, ¿quién puede estar en contra nuestra?” (Romanos 8:31)
¡Parecen espantapájaros!
"La inutilidad de los ídolos es tal que no pueden valerse por sí mismos y, por lo tanto, no justifican nuestro temor ni nuestra confianza en ellos”






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