En la antigüedad “tensar el arco” era una acción necesaria llevada a cabo por el arquero, que requería fuerza y una habilidad técnica especial, sobre todo si el arco era de bronce, que eran los arcos reservados para los arqueros más fuertes y que tenían mayor alcance y precisión al disparar las flechas. El rey David atribuía su habilidad para tensar el arco de bronce a Dios, Quien: “adiestra mis manos para la batalla y mis brazos para tensar un arco de bronce” (2 Samuel 22:35), y en La Odisea de Homero, Ulises, su protagonista, en una escena culminante del relato, es el único capaz de tensar su propio arco cuando regresa encubierto, disfrazado como mendigo, a su reino en Ítaca, pues ésta era una prueba calculada que su esposa Penélope había colocado a sus muchos pretendientes para elegir a uno entre ellos, que en la ausencia de su esposo Ulises y sin noticias de él, la presionaban pretendiendo aprovechar la situación para usurpar el trono de su esposo. En este orden de ideas, el poder de las palabras pronunciadas al descuido o con la expresa intención de lastimar y hacer daño es comparado con un arco tensado que lanza saetas destructivas, como lo señala el profeta en medio de la impiedad generalizada del pueblo de Israel: “«Tensan su lengua como un arco; en el país prevalece la mentira, no la verdad, porque van de mal en peor y a mí no me conocen», ꟷafirma el Señorꟷ” (Jeremías 9:3), de conformidad con el gráfico y conocido proverbio chino que afirma que: “Hay tres cosas que nunca vuelven atrás: la palabra hablada, la flecha lanzada y la oportunidad perdida”
Tensan su lengua como un arco
"La lengua es comparada en la Biblia con un arco que lanza saetas que terminan hiriendo irremediablemente y de forma irresponsable a sus víctimas”






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