La “opción preferencial por los pobres” que la teología de la liberación esgrime como el fundamento de la práctica en pro del servicio y la acción social de la iglesia tiene, sin duda, un sólido fundamento en la Biblia en general y en el evangelio en particular con la afirmación del Señor Jesucristo de que a los pobres siempre los tendríamos entre nosotros y podríamos hacerles bien, dando por sentado que así lo haremos. Pero no debemos entender esta “opción preferencial” como si todos los pobres contaran con el favor y la aprobación de Dios por el simple hecho de serlo, pues eso haría de la pobreza material una condición deseable y hasta ideal, sin involucrar ninguna transformación favorable en el carácter de la persona como la que el evangelio fomenta y hace posible, brindándonos excusa para nuestra propia pobreza cuando es producto de nuestra pereza, indolencia, irresponsabilidad y falta de esfuerzo y llegando a justificarla de manera mediocremente resignada. Ya en el Antiguo Testamento Dios se toma el trabajo de calificar y precisar con mayor detalle la pobreza que cuenta con su irrestricta sanción favorable por intermedio del profeta al decir: “Fue mi mano la que hizo todas estas cosas; fue así como llegaron a existir», afirma el Señor. «Yo estimo a los pobres y contritos de espíritu, a los que tiemblan ante mi palabra” (Isaías 66:2), en donde la pobreza y la actitud contrita ante Dios, así como el aprecio y respeto por Su Palabra son, entonces, las características de la verdadera “pobreza en espíritu” favorecida en las bienaventuranzas del sermón del monte
Yo estimo a los pobres y contritos de espíritu
"La estimación de Dios por los pobres no es sólo por causa de la pobreza si ésta no viene acompañada por el temor de Dios y una actitud contrita”






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