A la par con el avance científico y tecnológico logrado por el mundo actual y el confort y la comodidad alcanzados a su sombra, crece también la desigualdad entre ricos y pobres, así como la explotación y el deterioro del medio ambiente, situaciones que pasan de forma creciente y constante dolorosa y costosa cuenta de cobro a la humanidad de una u otra manera, dando cumplimiento a la descripción del profeta: “La tierra languidece y se marchita; el mundo se marchita y desfallece; desfallecen los notables de la tierra. La tierra yace profanada, pisoteada por sus habitantes, porque han desobedecido las leyes, han violado los estatutos, han quebrantado el pacto eterno. Por eso una maldición consume a la tierra y los culpables son sus habitantes. Por eso el fuego los consume, y solo quedan unos cuantos” (Isaías 24:4-6). Los problemas generados por el calentamiento global, la deforestación, la explotación indiscriminada de combustibles fósiles y de los recursos naturales a través una minería sin controles son un ejemplo palpable de todo esto. Si bien la descripción del profeta obedece a un juicio concreto de Dios en la historia mediante el cual, más que intervenir de manera directa, Él no hace más que dejar que los habitantes de la tierra cosechen el fruto de sus cuestionables y destructivas acciones, esta forma de proceder por parte de Dios muy bien podría ser la tónica mediante la cual Él trata con los seres humanos de una forma generalizada y continua a través de la historia, siendo entonces sus juicios directos más manifiestos y evidentes a todos, la excepción a la norma
La tierra languidece y se marchita
"El juicio universal de Dios sobre la tierra no está reservado para los últimos tiempos únicamente, sino que siempre nos hallamos en medio de él”






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