Se dice que el hombre es amo de lo que calla y siervo de lo que dice. La locuacidad, no es, entonces, tan conveniente como parecen sugerirlo las personalidades joviales y extrovertidas. Millôr Fernandes sostenía con franqueza que: “La opinión del prójimo me fascina cuando comienza a hablar de algo y me aburre cuando empieza a hablar de todo”. La fascinación que la sabiduría del sabio puede ejercer sobre sus oyentes radica en gran medida en no asumir actitudes dogmáticas ni decir tampoco todo lo que se sabe. Entre otros, porque al hacerlo tal vez dejemos únicamente expuesto que no sabemos tanto como pretendemos. El sabio, más que pronunciar afirmaciones tajantes, emite opiniones convincentes y nada más. Y lo hace de manera dosificada, sin pontificar ni pretender saberlo todo sobre lo divino y lo humano. El conocimiento que el sabio divulga es un conocimiento destilado, es decir, breve y puntual, pero debidamente depurado y procesado a través de la experiencia y de un profundo proceso reflexivo previo. Es por eso que el sabio no dice nada que no haya pensado bien antes, en línea con lo dicho por Aristóteles: “El sabio no dice todo lo que piensa, pero piensa todo lo que dice”, corroborado en el libro de Proverbios: “El hombre prudente no muestra lo que sabe, pero del corazón de los necios brota necedad” (Proverbios 12:23). La motivación correcta del sabio no es, pues, alardear de su sabiduría, sino su sentido de responsabilidad ante Dios y los hombres, de modo que los oyentes deseen que hable más y no que se calle finalmente
No dice todo lo que sabe
"El sabio no hace gala de innecesaria y ostentosa erudición, sino que dosifica su conocimiento y lo brinda humildemente justo cuando se requiere”






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