Los discípulos directos de los apóstoles
La patrística es uno de los periodos más interesantes y valiosos de la historia del pensamiento cristiano, y recibe este nombre debido a que los más destacados dirigentes eclesiásticos de este periodo de la historia (que abarcó desde el siglo II d. C. hasta la primera mitad del siglo V d. C.) se designan como los “padres” de la iglesia, para distinguirlos de los apóstoles en sí. Si bien esto puede reñir con la instrucción evangélica en boca del Señor Jesucristo de no llamar padre a nadie en la tierra que encontramos en Mateo 23:9, lo cierto es que el apóstol Pablo se presenta a sí mismo como “padre espiritual”, no solo de los corintios, sino de individuos particulares como Onésimo y Timoteo. Es en este segundo sentido que se conservó el nombre para designar a los más ejemplares y destacados dirigentes de la iglesia de los primeros siglos, de modo que, como nos lo dice el Dr. Alfonso Ropero: “Así, Padres de la iglesia es un concepto tradicional aplicado a aquellos escritores eclesiásticos garantes de la enseñanza de los apóstoles, no infalibles”.
Dentro de los varios estratos que conforman este periodo, los “padres apostólicos” son los más tempranos, inmediatamente posteriores a los apóstoles. Donald A. Hagner los define de este modo: “Es una designación que se usó ampliamente por primera vez en el siglo XVI para referirse a los primeros escritores cristianos cuya obra no fue incluida en el canon del Nuevo Testamento… pero eran los más cercanos, en cuanto a tiempo, a los que sí fueron incluidos, fluctuando entre el 95 d. de J. C. hasta aproximadamente el 150 d. de J. C.”. El historiador cubano Justo L. González nos dice, a su vez, que: “Con este nombre se conoce el conjunto de los escritos cristianos más antiguos que poseemos, aparte de los que forman el NT. Llevan este nombre debido a la creencia de que sus autores tuvieron contacto directo con los apóstoles. Algunos estudiosos creen que varios de ellos son más antiguos que los últimos libros del NT”.
Su principal importancia radica, precisamente, en la creencia históricamente bien fundamentada de que sus autores tuvieron contacto directo con los apóstoles y son, incluso, discípulos directos de ellos. A diferencia de los apócrifos del Nuevo Testamento en general y los evangelios gnósticos en particular, estos escritos no eran referidos de forma engañosa a los apóstoles ni pretendían formar parte del canon y tal vez por eso, por esta postura humilde y nada presuntuosa al respecto, fueron más apreciados por la iglesia primitiva, al punto que algunos sectores de la iglesia los tuvieron por algún tiempo como dignos de consideración al mismo nivel de los libros canónicos. Los “Padres apostólicos” hacen, entonces, referencia, tanto a sus autores, como a las obras atribuidas a ellos, que todos los estudiosos establecen unánimemente en 7 obras, y una octava difícil de fechar y de formato diferente que algunos discuten en el sentido de no incluirla en este estrato de la patrística, sino en el que le sigue en el tiempo, es decir en el estrato de los llamados “apologistas griegos” que no vamos a considerar aquí.
Si bien muchos prefieren abordar estas obras y a sus autores siguiendo el orden cronológico de aparición, en este caso lo vamos a hacer agrupándolas y vinculándolas con los apóstoles a los que se hallan asociadas.Siguiendo este criterio podemos comenzar por las obras asociadas al apóstol Pedro y Pablo, entrelas que se destaca la Primera Epístola de Clemente a los Corintios, más conocida como I Clemente, la mejor atestiguada, dado que su fecha de composición es muy temprana (la más temprana de todas tal vez), a finales del primer siglo, alrededor del año 96 d.C. Al ser Clemente un obispo de Roma (conocido, por tanto, como Clemente de Roma para distinguirlo de otros insignes “Clementes”, como por ejemplo Clemente de Alejandría, más tarde en la historia), su relación con los apóstoles Pedro y Pablo está prácticamente fuera de discusión. Tertuliano de Cartago afirma que fue ordenado directamente por Pedro, además de que Orígenes de Alejandría lo asocia con Pablo al sostener que este Clemente es el mencionado por el apóstol en Filipenses 4:3, algo que, valga decirlo, no se ha podido comprobar. Así, pues, la evaluación histórica es muy sólida en cuanto a su vinculación con Pedro y Pablo a través de la iglesia de Roma, pues es coherente y está atestiguada por varias fuentes antiguas. Por eso muchos consideran que Clemente es el padre Apostólico con mayor fundamento histórico en su conexión con los apóstoles.
De hecho, Ireneo de Lyon, otro de los padres de la iglesia, discípulo directo de Policarpo de Esmirna ꟷuno más de los padres apostólicos a quien estaremos considerando más adelanteꟷ, escribe en el siglo II: “Después que los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo hubieran echado los fundamentos y edificado la iglesia de Roma, encomendaron el servicio del episcopado a Lino. De este Lino hace mención Pablo en sus cartas a Timoteo (2 Ti. 4:21). A Lino le sucede Anacleto y después de éste, en el tercer lugar después de los apóstoles, hereda el episcopado Clemente, el cual había visto a los bienaventurados apóstoles y tratado con ellos y conservaba todavía alojada en sus oídos la predicación de los apóstoles y su tradición ante sus ojos”. Valga decir que, como nos lo informa el Dr. Alfonso Ropero: “Orígenes, Eusebio y Jerónimo relacionan a Clemente con el autor de la carta [canónica] a los Hebreos, en cuanto compañero de Pablo y redactor de la misma, en conformidad con la mente del apóstol de los gentiles. Hay muchos puntos donde el autor de la carta a los Hebreos coincide con el Clemente a los Corintios”.
Volviendo a la I Carta de Clemente a los Corintios, nos informa adicionalmente el Dr. Ropero que: “Parece ser que esta carta tuvo buena recepción y dio los frutos esperados. Corinto pasó a ser un fiel aliado de Roma en las luchas antiheréticas del siglo II… Por ser [el contenido de esta epístola] un tema común y preocupante en las asambleas cristianas, la carta de Clemente disfrutó de gran estima en muchas otras iglesias. Policarpo, obispo de Esmirna [una de las siete Iglesias de Asia Menor mencionadas en el Apocalipsis de Juan] y maestro de toda Asia [y también, como ya lo dijimos, uno de los padres apostólicos], la utiliza hacia el año 107 en su carta a los filipenses, donde se cuentan no menos de siete reminiscencias pese a la brevedad de su escrito. Las versiones hechas en la antigüedad de la carta de Clemente nos dan también una idea de su difusión por el mundo cristiano”. Como es apenas natural, la Iglesia de Corinto la leía públicamente junto al resto de las Escrituras y las iglesias del área romana y algunas orientales también la tuvieron un tiempo por canónica. La evidencia del estatus canónico que durante un tiempo ostentó se demuestra por el hecho de que se encuentra copiada junto con libros del Nuevo Testamento en uno de los códices más antiguos y reconocidos: el Códice Alejandrino del siglo V, además de que es citada como autoritativa por otros padres de la iglesia. Finalmente, aunque muy antigua y respetada, el hecho establecido de no haber sido escrita por un apóstol la despojó con el tiempo de cualquier pretendida autoridad normativa universal al nivel del canon y terminó siendo reconocida como testimonio apostólico temprano, pero no como Escritura inspirada.
Ignacio, obispo de Antioquía ꟷla misma Antioquía en la que el libro de Hechos de los Apóstoles dice que los creyentes fueron llamados “cristianos” por primera vezꟷ, es el siguiente de nuestra lista. Existe una tradición legendaria que identifica a este dirigente eclesiástico del siglo II con el niño que Jesús puso como ejemplo a sus discípulos para darles una lección de grandeza y humildad en Mateo 18:2. Más allá de estos aspectos legendarios a su alrededor, Jerónimo nos informa que se trataba de un discípulo del apóstol Juan, mientras que el obispo e historiador Eusebio de Cesarea dice más bien que fue el segundo sucesor de Pedro en el episcopado de Antioquía ─iglesia en la que, ciertamente, este apóstol hizo presencia, como lo leemos en Gálatas 2:11─, mientras que Orígenes dice que fue el primero. Juan Crisóstomo, quien era natural de Antioquía, dice a su vez que Ignacio había sido consagrado obispo de las manos de los mismos Pedro y Pablo. Si bien toda esta información algo divergente no nos permite ser concluyentes sobre a qué apóstol estaría en realidad asociado de manera directa, como lo dice el Dr. Ropero: “no se puede dudar del dato de fondo, el trato y la relación inmediata de Ignacio con los apóstoles”.
Lo que sí es seguro es que, como nos lo sigue diciendo el Dr. Ropero, fue: “Obispo de la importante iglesia de la capital Siria, Antioquía, cuna de la misión a los gentiles, parece cierto que sucedió a Evodio, primer obispo, propiamente tal de Antioquía, entre el año primero de Vespasiano (70 d.C.), y el décimo de Trajano (107 d.C.)”. A diferencia de Clemente de Roma, de quien se tiene seguridad, la evaluación histórica sobre los vínculos de Ignacio con los apóstoles es plausible, pero no demostrable, pero sea como fuere nos permite afirmar, en el peor de los casos, que es muy probable que Ignacio haya recibido enseñanza de los apóstoles o de discípulosinmediatos de ellos. Por lo tanto, Ignacio pertenece con claridad a la segunda generación cristiana, con fuerte continuidad apostólica, pero sin prueba directa de contacto personal con ellos, sino meramente conjetural.
En cuanto al contenido y naturaleza de sus escritos, estos están constituidos por siete epístolas dirigidas a las iglesias de Asia Menor y Roma cuando se hallaba arrestado por las autoridades romanas y camino al martirio que tendría lugar en esta última ciudad. Su enumeración es la siguiente: Epístola a los Efesios, Epístola a los Magnesios, Epístola a los Trallianos y Epístola a los Romanos, enviadas todas ellas desde su primera parada en Esmirna, acogido allí brevemente por su consiervo, hermano y también padre apostólico: Policarpo de Esmirna, con quien se mantuvo en comunicación y que lo alentaba para no desmayar durante su periplo que debía concluir con su martirio. Posteriormente escribió la Epístola a Filadelfia, la Epístola a Esmirna, y finalmente, la Epístola al obispo de esta ciudad: Policarpo, todas ellas en una parada posterior de su itinerario, desde Troas. En la Epístola a los Romanos Ignacio le ruega a la iglesia de esta ciudad que no traten de librarlo del martirio.
Si bien es cierto que las siete epístolas auténticas de Ignacio gozaron desde muy temprano de altísimo prestigio eclesial, fueron de amplia circulación y gozaron de un uso catequético y pastoral y de lectura pública en algunas iglesias, al punto que autores comoPolicarpo de Esmirna, Ireneo de Lyon, Orígenes y Eusebio las conocían, las citaban y las consideraban testimonios fiables de la fe apostólica, esto tan solo las colocó, en la práctica, en una zona de autoridad “cuasi-canónica”, sin que ello implicara canonicidad formal. Y esto es así debido que notenemos evidencia clara de que ninguna iglesia importante (Roma, Alejandría, Antioquía, Cartago) haya incluido explícitamente las epístolas de Ignacio en una lista canónica del Nuevo Testamento. En efecto, no aparecen en el famoso fragmento de Muratori, ni en las listas canónicas orientales u occidentales, ni en los catálogos patrísticos que discuten libros “disputados” (antilegomena), por lo cual podemos asegurar que no fueron “candidatas oficiales” al canon ni participaron nunca en debates formales de inclusión o exclusión. Si tenemos en cuenta que, muy pronto, la Iglesia distinguió entre la escritura inspirada y los testimonios eclesiales autorizados, se comprende que desde el comienzo Ignacio fue ubicado claramente en la segunda categoría, entre otras debido a que sus escritos fueron muy circunstanciales, pastorales y exhortativos y no doctrinales, además de ser fuertemente personales, por lo que nunca se percibieron como textos destinados a la norma universal de fe, sino a la edificación de iglesias concretas.
Continuamos con el ya mencionado Policarpo de Esmirna y su Epístola a los Filipenses, íntimamente conectada con las cartas y el martirio del mismo Ignacio. En cuanto a su vinculación directa con los apóstoles, y específicamente con el apóstol Juan, su discípulo Ireneo (es decir, discípulo directo de Policarpo, no de Juan) a quien también hemos mencionado ya un poco antes, nos dice lo siguiente de su maestro Policarpo: “Policarpo no sólo fue adoctrinado por los apóstoles y vivió en compañía de muchos que habían visto a nuestro Señor, sino también fue nombrado por los apóstoles obispo de la iglesia de Esmirna en Asia, al cual le vimos también nosotros en nuestra juventud, porque él vivió muchos años y en una vejez avanzada, después de haber dado un glorioso y brillante testimonio, partió de esta vida”.
Cerca de un siglo después, el historiador Eusebio de Cesarea vuelve a citar así el testimonio de Ireneo en relación con su maestro Policarpo: “Siendo yo niño, conviví con Policarpo en Asia Menor. Conservo una memoria de las cosas de aquella época mejor que las de ahora, porque lo que aprendemos de niños crece con la vida y se hace una cosa con ella. Podría decir incluso el lugar donde el bienaventurado Policarpo se solía sentar para conversar, sus idas y venidas, el carácter de su vida, sus rasgos físicos y sus discursos al pueblo. Él contaba cómo había convivido con Juan y con los que habían visto al Señor. Decía que se ha acordaba muy bien de sus palabras, y explicaba lo que había oído de ellos acerca del Señor, sus milagros y sus enseñanzas”. Así, pues, la tradición señala al apóstol Juan como maestro de Policarpo y Tertuliano llegó a decir que fue consagrado al episcopado por el mismo apóstol. La evaluación histórica al respecto es, entonces, muy sólida, pues la cadena Juan-Policarpo-Ireneo es histórica y coherente, sobre todo teniendo en cuenta que es un hecho que el apóstol Juan terminó su vida en Efeso y que, desde allí, irradió a todas las iglesias de Asia Menor en lo que hoy es Turquía. Policarpo es, por tanto, el mejor ejemplo documentado de sucesión apostólica personal, especialmente desde Juan.
En relación con la cuestión de si esta epístola fue considerada en algún momento de estatus canónico, la respuesta breve es negativa, aunque habría que decir que sí estuvo, en distintos momentos y lugares, muy cerca del “umbral” del canon, especialmente en términos de uso, autoridad y prestigio. De todos modos, al igual que las epístolas de Ignacio, nunca fue incluida en listas canónicas formales, ni orientales ni occidentales, pues no aparece en el fragmento de Muratori, ni en ningún catálogo de libros disputados, ni en ninguna lista patrística de las Escrituras. La recepción “cuasi-canónica” a la que nos referimos fue muy local, específicamente en las iglesias de Asia Menor en las que fue leída y circuló ampliamente debido fundamentalmente a la condición de discípulo del apóstol Juan que ostentaba Policarpo. Y su discípulo, Ireneo, la cita con gran respeto. Sin embargo, siempre se le distinguió explícitamente de la Escritura e incluso cuando se la leía en asambleas, se hacía como exhortación apostólica, no como Palabra inspirada al mismo nivel que los escritos apostólicos. En otras palabras, hubo una resolución implícita que no implicó exclusión formal del canon, pues en realidad nunca cruzó el umbral del canon.
El cuarto en nuestra lista es Papías de Hierápolis, una ciudad de Asía Menor. Justo L. González nos informa de él que: “Papías también fue discípulo de Juan, y más tarde llegó a ser obispo de Hierápolis. En aquella ciudad se dedicó a coleccionar cuanto dicho o enseñanza del Señor oía narrar a los que por allí pasaban. De este modo, compiló y compuso su obra ‘Explicaciones de las sentencias del Señor’, en cinco libros, de la cual no se conservan más que algunos fragmentos, y estos de escasa importancia en cuanto a la historia del pensamiento cristiano se refiere… En épocas más recientes, Papías ha sido discutido por los eruditos debido a que ofrece importantes testimonios acerca de la paternidad de los dos primeros evangelios, así como de la existencia de dos Juanes, Juan el apóstol y Juan el anciano”. El Dr. Ropero complementa esta información diciendo: “Lo que nos ha llegado de los cinco libros de Papías, ‘Explicación de las sentencias del Señor’ son solo algunas citas y referencias en Ireneo, Eusebio, escritores eclesiásticos posteriores, y en las ‘catenae’ o cadenas de textos. De la vida de Papías solo se sabe con certeza que fue obispo de Hierápolis, en Frigia, amigo de Policarpo de Esmirna y autor de la mencionada ‘Explicación’, o exégesis de los dichos de Jesús. Ireneo y Eusebio discrepan entre sí en cuanto a si Papías formó parte o no de los discípulos del apóstol Juan”
Sea como fuere, esta Explicación de las sentencias del Señor es una obra muy antigua, en estrecha conexión con la era apostólica. Tiene también mucho valor para establecer la importancia que todavía tenía en la iglesia la tradición oral a la par con la divulgación escrita de la que ya gozaban para este momento los escritos canónicos del Nuevo Testamento. El Dr. Ropero nos dice de él que en este sentido Papías: “Prefiere la ‘tradición viva’, oral, de los apóstoles, a los libros que circulaban profusamente y sin control”, haciendo alusión, por supuesto, no a los escritos canónicos, sino a la multitud de evangelios y literatura apócrifa y gnóstica que ya hemos identificado en conferencias anteriores. Al respecto el Dr. Ropero añade: “La auténtica tradición de Jesús es para Papías, aquella que se puede seguir a través de una cadena transmisora hasta llegar al grupo de los discípulos personales de Jesús o que puede recorrerse partiendo de este grupo hasta la actualidad. Considera como garante de esa tradición palestiniana a los ‘presbíteros’ o ancianos, entendiendo por tales, no a los detentadores de los cargos ministeriales, sino a los portadores de la tradición”.
Así, pues, la vinculación apostólica de Papías con Juan, si bien Ireneo la afirma, no deja de ser un poco ambigua debido a que, precisamente, Papías parece dar a entender que en esa época en Efeso existían dos Juanes reconocidos: el apóstol como tal, y el anciano y no se puede asegurar a ciencia cierta con cuál de los dos está vinculado Papías o a cuál de los dos se refiere. De todos modos, el valor fundamental de su obra es como fuente valiosa para la tradición oral apostólica, pues por lo demás la identificación del Juan que menciona es discutida. Así, pues, puede asegurarse que Papías está muy cerca del círculo apostólico, pero su vínculo exacto con el apóstol Juan es incierto. Adicionalmente, no hay ninguna evidencia de que su obra haya alcanzado nunca un estatus canónico formal, ni siquiera de manera provisional. No consta ninguna lectura litúrgica regular de ella y no aparece ni siquiera en las listas de libros útiles para catequesis y al igual que el resto de Padres apostólicos, nunca pretendió ser escritura. Además, su obra fue conocida principalmente por referencia y mediación indirecta. Así, Papías fue una fuente histórica valiosísima, pero nunca una autoridad normativa, ni siquiera en un sentido laxo.
Pasemos ahora, en quinto lugar, a la Didaché, también conocida como la Enseñanza de los Apóstoles o Doctrina de los Doce Apóstoles. Las evidencias internas (contenido) y externas de este documento la ubican, en efecto, estrechamente conectada con la era apostólica, pues Justo L. González nos dice que: “parece haber sido escrita a fines del siglo primero o principios del segundo”. El Dr. Ropero se decanta por el siglo I cuando nos dice: “La fecha de composición va de alrededor del año 70 a los años 96-98, siempre anterior al siglo II, prolijo en herejías, no mencionadas en la ‘Didaché’ y tan presente en los últimos escritos joánicos [es decir, del apóstol Juan] y en las cartas de Ignacio”. Este fue un documento muy apreciado entre las iglesias de Siria y Palestina y algunos círculos judeocristianos. De hecho, era citada con autoridad en las comunidades orientales y fue candidata a la canonicidad, pues Eusebio la menciona entre las antilegomena u obras que estuvieron en discusión para ser incluidas en el canon, y Clemente de Alejandría la cita como “escritura”. Aunque ya para la época de la famosa carta pascual de Atanasio, escrita en el 367 d.C., documento que presenta la primera lista completa del Nuevo Testamento tal como hoy lo tenemos, usando por primera vez la palabra “canonizados” para referirse a ellos, su autor recomienda la Didaché para catequesis, pero no como escritura. Así que al final fue aceptada como texto eclesiástico y catequético, pero no como Escritura inspirada.
En cuanto a su vinculación directa con los apóstoles, este documento, como puede apreciarse, no suscribe una conexión directa con ningún apóstol en particular, sino con una tradición colectiva apostólica. De hecho, no sabemos nada concreto de su autor con nombre propio. El Dr. Ropero aventura que: “Probablemente fue un maestro cristiano procedente del judaísmo, y ambientado en el círculo de Santiago, ‘el hermano del Señor’, como parecen demostrar las semejanzas en la ‘Didaché’ y la carta de este”. Sea como fuere, refleja prácticas muy tempranas (bautismo, eucaristía, profetas itinerantes, etc.) que nos permiten conjeturar que recoge enseñanzas apostólicas directas, afirmación reforzada por su gran antigüedad. En el peor de los casos, es un testimonio fiel de la catequesis apostólica primitiva, pero sin conexión personal verificable con ningún apóstol en particular.
El Pastor de Hermas es nuestro sexto documento, cuyo autor, Hermas, era hermano del obispo romano Pío que ocupó la cátedra episcopal en la quinta década del siglo II (no confundir con el Hermas mencionado por el apóstol Pablo en Romanos 16:14). En relación con él Donald A. Hagner nos dice que es: “sin duda el documento más largo de los Padres apostólicos… Consiste de una serie de visiones que tienen que ver con cuestiones prácticas relacionadas con la justicia y el perdón, y se preocupa con el problema importante del segundo siglo respecto a la posibilidad del arrepentimiento de pecados cometidos después del bautismo”, o los famosos “pecados posbautismales” que le dieron un excesivo e innecesario trabajo a la iglesia sobre la manera de tratar con ellos en la disciplina eclesiástica. Como prueba de esta afirmación, Justo L. González también nos informa que: “Según Hermas, para tales pecados existe una ‘segunda penitencia’, pero el que después vuelva a pecar ‘difícilmente se salvará’”.
El Dr. Ropero nos da una descripción detallada sobre su influencia y la importancia que llegó a ostentar en la iglesia primitiva: “El ‘Pastor’ fue de los más universalmente estimados de la antigüedad cristiana. Tuvo una circulación general en las iglesias de Oriente y Occidente poco después de mediados del siglo II… La citan Ireneo… Tertuliano… Clemente y Orígenes… Todos estos autores… o bien la citan como Escritura, o le asignan una autoridad especial, como inspirada en algún sentido, a casi canónica… el autor del Canon Muratorio… le niega lugar entre los profetas o los apóstoles, aunque al parecer permite que sea leída privadamente para edificación. Su canonicidad, además, fue tema de discusión en más de un concilio [pero, finalmente]… Eusebio ya la pone categóricamente entre los ‘nothoy’ o espurios”.
Podría decirse, entonces, que las iglesias de Roma y algunos sectores occidentales llegaron a considerar al Pastor como canónico, como evidencia de lo cual podemos señalar que se halla incluido en el Códice Sinaítico, que Ireneo lo cita como escritura y que, con algunas reservas, Orígenes lo considera inspirado. Sin embargo, fue finalmente excluido por su fecha tardía de composición que demostraba que era claramente postapostólico, por sus revelaciones privadas con un fuerte tono moralista y por ciertas ambigüedades doctrinales (especialmente sobre el arrepentimiento post-bautismal). Al final, fue clasificado como libro edificante, pero no apostólico ni normativo. También por su condición claramente postapostólica y por no reclamar vínculo directo con ningún apóstol, podemos concluir que el Pastor de Hermas pertenece a la tercera generación cristiana, sin conexión apostólica personal.
Nos resta por considerar el séptimo y último de los escritos conocidos como los Padres Apostólicos. Se trata de la llamada Epístola de Bernabé. La atribución a Bernabé, el apóstol mencionado en la Biblia, compañero de Pablo en sus viajes misioneros, tuvo mucha fuerza en ciertos círculos. La importancia que llegó a ostentar en su momento es aludida por el Dr. Ropero de este modo: “El escrito que lleva el nombre de Bernabé tiene un lugar destacado en la literatura de la iglesia primitiva, hasta el punto de haber andado rondando el canon de los libros divinamente inspirados antes de que se fijara definitivamente”. En cuanto a las atribuciones a Bernabé, nos informa que: “Clemente de Alejandría es el primero que habla de Bernabé como autor de la Epístola”. De hecho: “Las noticias más primitivas están confinadas a los padres de Alejandría [como Clemente y Orígenes] lo que ha llevado a suponer que fue escrita en la misma Alejandría”, pues el método de interpretación alegórica que encontramos en este escrito era típico de esta ciudad y su escuela teológica liderada por Clemente y Orígenes. Pero por fuera de este contexto no era tan apreciada, ni tampoco atribuida a Bernabé realmente, como continúa diciéndonos el Dr. Ropero: “Eusebio conoció también la ‘Carta de Bernabé’, pero no comparte el entusiasmo de los alejandrinos, pues la pone decididamente en el número de las escrituras espurias, juntamente con… el ‘Pastor de Hermas’… y la ‘Didaché o Doctrina de los Apóstoles”.
El Dr. Ropero sigue informándonos que: “El redactor de la carta en ningún punto afirma ser el apóstol Bernabé, lo cual sería muy extraño en caso de tratarse de él; en realidad, el lenguaje que emplea es tal que sugiere que no estaba en absoluto relacionado con los apóstoles. Procede de la gentilidad”. Sin embargo, su antigüedad parece estar bien documentada, pues los límites posibles sobre su elaboración son entre el año 70 y el 132 d.C. De todos modos, el “entusiasmo” de los alejandrinos por atribuirla a Bernabé y darle así realce y autoridad casi canónica tiene que ver con el hecho de que, al decir del Dr. Ropero: “Bernabé practica la interpretación alegórica con una radicalidad y exageración sin medida que niega el sentido histórico-gramatical de las Escrituras, en favor de un sentido espiritual fijado arbitrariamente, que convierte la historia de Israel en pura apariencia fantasmal”, método de interpretación que era de lejos el preferido y promovido por la escuela teológica de Alejandría.
Así, pues, aparte de Alejandría y algunos círculos anti-judaizantes, no hay más sectores de la iglesia que la hayan considerado canónica. Sin embargo, la gran influencia de la escuela teológica de Alejandría explica que haya sido incluida en su momento en el Códice Sinaítico. Pero al final, su interpretación alegórica extrema del Antiguo Testamento, su postura fuertemente antijudía y el hecho de que Bernabé no fue en realidad su autor, la excluyó del canon y trajo como resultado que fuera valorada tan solo como exégesis temprana característica del método alegórico, pero rechazada como Escritura. Hoy por hoy la gran mayoría de estudiosos la consideran pseudoepigráfica, es decir, una más de las obras escritas con seudónimo y atribuidas a un autor de renombre y autoridad de quien, sin embargo, se sabe que no la escribió. Por lo tanto, no hay base histórica para vincularla a un apóstol.
Hay dos obras más que algunos suelen incluir dentro de los Padres apostólicos: el llamado Discurso a Diogneto una obra apasionante de la iglesia primitiva, pero que encaja mejor en el segundo de los estratos de la patrística conocido como los “Apologistas griegos”, pues es la primera apología conocida del cristianismo, de autor anónimo (aunque ha sido atribuida a Justino Mártir y a Cuadrato, pero no hay consenso entre los estudiosos alrededor de estas atribuciones que tienden, por tanto, a ser desechadas). Esta obra nunca pretendió ser canónica, ni fue considerada como tal por ningún sector de la iglesia, ni tampoco reclamó algún tipo de conexión directa con los apóstoles. Sin embargo, gozó de mucho prestigio por su extraordinaria calidad literaria y teológica y por su visión elevada de la identidad cristiana en el mundo (especialmente el célebre pasaje sobre los cristianos como “alma del mundo”) y, finalmente, por su cristología sobria y profunda, muy apreciada posteriormente. Su lugar es, pues, el de un testigo privilegiado de la fe de la Iglesia del siglo II, pero siempre fuera del canon.
Y la otra obra es la llamada 2 Carta de Clemente a los Corintios, atribuida de manera inexacta al mismo Clemente de Roma con el que abrimos nuestra relación de escritos atribuidos a los Padres apostólicos. Su caracterización es, además incorrecta, pues no es una carta, sino un sermón u homilía. El sermón más antiguo de la iglesia que conocemos por fuera del canon. Su composición se dio probablemente entre los años 120 a 150 d.C. Es claro al respecto, como nos lo informa el Dr. Ropero, que: “La evidencia interna misma de este escrito, tanto del estilo como de la doctrina, no dan pie a atribuirla al mismo autor que al de la primera”. Sin embargo, algunos sectores de las iglesias orientales la consideraron canónica y se sabe que era leída públicamente en los cultos. Con todo, nunca fue incluida en ninguna lista canónica formal. Su única asociación al canon se encuentra en el Códice Alejandrino, en donde, tanto la 1 Carta de Clemente a los Corintios, como la 2 Carta de Clemente a los Corintios fueron copiadas después del Apocalipsis, lo cual a lo sumo indica que tuvo alto prestigio, que fue de uso eclesial en algunos contextos y que se le consideró lectura edificante en la liturgia y en la catequesis y nada más.
Donald A. Hagner hace la siguiente evaluación de los Padres Apostólicos, indicando primero que: “En este grupo hay tres documentos seudónimos (‘2 Clemente, Bernabé y la Didache’) y entre los autores hay cuatro obispos de la iglesia primitiva (Clemente de Roma… Ignacio de Antioquía… Policarpo de Esmirna… y Papías de Hierápolis)”, pues Hermas no encaja ni como seudónimo, ni como obispo,añadiendo enseguida: “Los Padres apostólicos no eran ni creativos ni conscientes de sí mismos y ciertamente no eran sistemáticos en cuanto a lo que escribieron. Por la mayor parte sus escritos, como las cartas del NT, son de carácter ocasional y práctico. Cuando tratan problemas de doctrina es especialmente para salvar a la iglesia de disensión y división, librarla de conducta inapropiada y llamarla a la experiencia de una autoridad estable… Los padres apostólicos encuentran la solución para los problemas de su día en la dependencia fiel sobre la tradición de la iglesia como la habían recibido de la generación anterior, la de los apóstoles mismos. En este sentido, cumplen admirablemente los mandatos de las Epístolas Pastorales del NT, conservando la tradición más que abriendo nuevo terreno”.
Un poco más adelante nos dice: “Los Padres apostólicos representan a la iglesia en los primeros tiempos después del NT luchando con los problemas concretos de su día, usando la Escritura, los dichos de Jesús y la tradición de los apóstoles, en su esfuerzo por consolidar la fe y la práctica de la iglesia y de ser fieles a lo que habían recibido. En esto está su verdadera contribución. Y por esta razón estos escritos son significativos para el estudio de los cánones emergentes del AT y el NT, así como la primera etapa de la interpretación y el uso cristianos de la Escritura”. De los siete escritos principales que hemos relacionado, tres fueron en mayor o menor grado candidatos serios a la “canonicidad”: Clemente, la Didaché y el Pastor de Hermas. Y cuatro, a pesar de la importancia que se les hubiera atribuido en su momento, no lo fueron en realidad: Ignacio, la Epístola de Bernabé, Policarpo y Papías. Por último existe una vinculación históricamente fuerte y directa a los apóstoles en Clemente de Roma (a Pedro y Pablo) y en Policarpo de Esmirna (a Juan), y una vinculación plausible e indirecta a ellos en Ignacio de Antioquía (a Pedro o Juan), en Papías (a Juan) y en la Didaché (a todo el cuerpo apostólico). Y no existe vinculación a los apóstoles, más allá de las leyendas, en Hermas y en la Epístola de Bernabé.







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