El emblemático ateo alemán Friedrich Nietzsche afirmaba que la voluntad de poder es la que debe guiar la vida humana. Independiente de que no podamos estar de acuerdo con él en las formas concretas que esta voluntad de poder estaría llamada a asumir, no podemos negar que los seres humanos requerimos poder para lograr concretar nuestros particulares proyectos de vida en este mundo. Proyectos de vida que, cuando proceden de Dios y están alineados con Su voluntad y cuentan con su aprobación y complacencia, contarán también con el poder de Dios obrando en nosotros para lograr realizarlos, pues: “¡Él ha dado poder a su pueblo!¡A él sea la alabanza de todos sus fieles, de los hijos de Israel, su pueblo cercano! ¡Aleluya!” (Salmo 148:14). Porque para el creyente el poder de Dios es el que de un modo u otro se encuentra detrás de todo lo que hacemos en nuestras vidas cotidianas y no solo en los momentos ocasionales en que Dios despliega su poder en el mundo de manera manifiestamente sobrenatural y milagrosa. El poder manifestado por la vida en todas sus formas es un poder que procede de Dios en Jesucristo, de Quien el Nuevo Testamento afirma que Él es el Autor de la vida y que en Él está la vida al punto que Él mismo es la vida. Por eso las dinámicas por las cuales la vida se conserva y se multiplica son, de un modo u otro, dinámicas divinas. De hecho, la palabra “dinámica” proviene del griego dunamis que se traduce como “poder” y del cual procede también la palabra “dinamita”, que ilustra también de manera gráfica el poder sobrenatural de Dios
Él ha dado poder a Su pueblo
"El poder que el pueblo de Dios pueda desplegar no es más que una manifestación del poder de Dios con miras al cumplimiento de sus buenos propósitos”






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