Nuestra inherente moralidad por la que no podemos evitar pensar en mayor o menor grado en términos del bien y del mal y evaluar nuestra conducta y la de los demás a la luz de estas categorías, conlleva la creencia en que algún día se hará justicia, si no ahora, sí, de algún modo, después. Así, pues, la creencia en Dios como quiera que se le conciba se une a esta otra creencia como los dos más básicos, comunes y universales aspectos que fundamentan la religión. De hecho, Kant, que negó tácitamente a Dios al negar la posibilidad de poder llegar a conocerlo mediante las limitadas capacidades de la racionalidad humana, estableciendo así las bases del agnosticismo moderno, tuvo que reconocer después que la universal moralidad humana y nuestro sentido de justicia requería de todos modos de, al menos, la idea de Dios como el fundamento y garante de que algún día se hará justicia. Y C. S. Lewis consideraba éste el principal y más convincente argumento a favor de la realidad de Dios, en la inspirada convicción del salmista de que: “No prevalecerá el poder de los malvados sobre la heredad asignada a los justos, para que nunca los justos extiendan sus manos hacia la maldad” (Salmo 125:3). Por lo menos, no prevalecerá para siempre, obrando en el creyente, entonces, a la vez, como un estímulo a la obediencia y un disuasivo para la desobediencia, pues, como lo dijo el teólogo Cornelius Plantinga: “En algún nivel de nuestro ser sabemos que el bien es tan plausible y original como Dios, y que, en la historia del género humano, el bien es más antiguo que el pecado”
No prevalecerán los malvados ante los justos
"Uno de los incentivos constantes que deben reforzar nuestra obediencia a Dios es la garantía cierta de que al final al bien triunfara sobre el mal”






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