La vida humana rectamente entendida es una empresa cuya finalidad es ir en pos de la luz, iluminando nuestro andar existencial por este mundo, marcándonos el derrotero y el camino seguro para no andar extraviados ni vagando a la deriva en las tinieblas y en la oscuridad, conscientes de que nos hallamos recorriendo un itinerario en este mundo en condición de peregrinos y extranjeros en él, en el que no es bueno perder de vista la luz, sino mantenerla siempre al frente de nosotros. La vocación del hombre en el mundo es, pues, la búsqueda de la verdad y el propósito de mantenerse siempre en ella. Una verdad que estemos, pues, en capacidad de ver justamente gracias a la luz que la ilumina y que nos permite apreciarla y distinguirla de sus falsedades y distorsiones, incluyendo las verdades que se descubren mediante la iluminación que el Logos o Verbo de Dios encarnado en Jesucristo nos brinda mediante el razonamiento natural que caracteriza la reflexión filosófica y las que se descubren, confirman o corrigen mediante la metódica reflexión y experimentación científica que se van incorporando a la cultura humana. Por eso David pedía a Dios: “Envía tu luz y tu verdad; que ellas me guíen a tu monte santo, que me lleven al lugar donde tú habitas” (Salmo 43:3), incorporando a la iluminación del Verbo también la iluminación del Espíritu Santo que nos conduce a la salvación en Cristo y a la comprensión de Su revelación en la Biblia, como la estrella que guiaba a los sabios de oriente y los condujo al pesebre en el que se hallaba Cristo
Envía Tu luz y Tu verdad
"La luz de Dios es la que nos permite ver, contemplar, conocer y comprender la verdad en dondequiera y como quiera que ésta se manifieste a nosotros”






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