Cerramos con nuestro tema de hoy una trilogía de artículos relacionados entre sí y publicados en su momento con los siguientes títulos: “La democracia y la Biblia” y “El comunismo y la Biblia”, en los que emprendimos una crítica bíblica, respectivamente, hacia este sistema de gobierno y esta ideología política y económica. Para balancear lo dicho, nos resta por considerar al capitalismo asociado al pensamiento de derecha, a diferencia del comunismo que lo ha estado al pensamiento de izquierda. Sobre todo teniendo en cuenta que en el ámbito evangélico a veces se ve con demasiados buenos ojos el capitalismo, por contraste con la sospecha y condenación hacia él que puede despertar el comunismo o su pariente, el socialismo y todo el pensamiento de izquierda. Esta visión benigna y favorable del capitalismo ha estado frecuentemente apuntalada por el discurso que contrasta la riqueza de los países protestantes del norte de Europa que acogieron la Reforma con el mucho menor dinamismo económico de los países del sur de Europa que no lo hicieron, visión reforzada en la obra del sociólogo alemán Max Weber titulada La ética protestante y el espíritu del capitalismo, asociando, entonces, la primera con el último.
Pero lo cierto es que ni la ética protestante (ni siquiera la del trabajo) es tampoco el dechado de virtudes que se quiere hacer de ella ꟷpues los protestantes son tan humanos y falibles como sus hermanos católicosꟷ, ni el espíritu del capitalismo es tan luminoso como se puede pensar, pues además de que ésta no deja de ser una visión bastante simplista de lo sucedido en Europa que no toma en cuenta toda la complejidad de las variables involucradas, lo cierto es que la mayor prosperidad económica de los países protestantes del norte de Europa no representó en la práctica una mejor y más justa distribución de las riquezas, sino a veces todo lo contrario, sobre todo de la mano de la revolución industrial que para bien y para mal, brindó buena parte de su impulso y justificación al capitalismo moderno.
En realidad, si en la práctica e implementación concreta de sus planteamientos el comunismo terminó traicionando sus altos y algo ingenuos ideales sociales y económicos, el capitalismo no lo ha hecho necesariamente mejor y podría decirse que lo logrado a su sombra no siempre ha sido gracias a él, sino a pesar de él. Y es que el capitalismo tiende, por su misma naturaleza y su culto al capital (es decir, a la riqueza) a caer en la idolatría de la avaricia bien denunciada en el evangelio. Por este camino, termina deshumanizando a las personas y reduciéndolas a cálculos y variables meramente cuantitativas y utilitaristas en el marco de una teoría económica que centra todas sus esperanzas en este mundo y en lo logrado en él en clave individualista, materialista, egoísta y egocéntrica, negándole así a los seres humanos su vocación y naturaleza trascendental y obrando en contra de la solidaridad que nos vincula los unos a los otros y en el marco de la cual está llamada a germinar la empatía y la compasión cristianas ilustradas por Cristo.
Tenemos que volver aquí a la ya citada frase y el ingenioso juego de palabras del economista J. K. Galbraith evocado en el artículo sobre el comunismo al decir: “Bajo el capitalismo, el hombre explota al hombre. Bajo el comunismo, es justamente lo contrario”, en donde, como también ya lo mencionamos, señala con ingenioso y divertido sarcasmo de un plumazo el aspecto censurable e injusto de sistemas económicos tradicionalmente enfrentados, emparentándolos entre sí en la medida en que ambos pasan por alto de uno u otro modo que, como lo dijo el Señor: “… la vida de una persona no depende de la abundancia de sus bienes” (Lucas 12:15), así como el hecho de que las condiciones del reino de Dios relacionadas en las Escrituras no están centradas en la satisfacción de las necesidades materiales del hombre, puesto que: “El reino de Dios no es cuestión de comidas o bebidas sino de justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo” (Romanos 14:17 NVI).
Rich DeVos, uno de los fundadores de la multinacional Amway con su sistema de ventas multinivel, escribió un libro cuyo título no deja de parecer una contradicción de términos muy difícil de lograr en la práctica: Capitalismo solidario. Sin embargo, en él anotó algo que vale la pena examinar un poco al decir que: “Sin capitalismo no podría existir la solidaridad”. Porque con todo y el hecho de que capitalismo sea una de las palabras más vilipendiadas en los tiempos actuales (y con razón en buena medida), lo cierto es que aún los comunistas tienen que reconocer que el capitalismo es el sistema económico más eficiente en el uso de los recursos en cuanto a la producción de excedentes, como lo ha hecho ya en la práctica China y se vio obligada en su momento a hacerlo también la antigua y ya colapsada Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Su problema es, entonces, que no tiene corazón y que la “mano invisible” de Adam Smith (uno de sus más emblemáticos teóricos), que presuntamente es la que guía el mercado y la distribución de las riquezas, es ciega y no sabe nada de justicia.
Sin embargo, no puede negarse que la solidaridad, para no ser una mera palabra plagada de buenas intenciones y nada más, requiere de excedentes para poder ser expresada en acciones concretas con nuestros semejantes menos favorecidos hacia cuyas necesidades pueda encauzarse la sobreproducción, no exclusivamente en forma de asistencialismo ꟷque también puede malograr a las personas y a la sociedad de turno si se mantiene durante mucho tiempo más allá de la urgencia inmediataꟷ, sino en políticas y acciones sociales de mayor alcance y proyección implementadas por las instancias de gobierno, tanto en el estado como en la iglesia. El economista francés Charles Gave escribió un libro con un muy polémico título: Un neoliberal llamado Jesús en el que argumenta a favor de la tesis de su título el hecho indudable y también reconocido y destacado en el artículo sobre el comunismo de que las parábolas de los talentos y de las minas implican en el trasfondo una economía de libre mercado o de libre empresa como la defendida por el capitalismo de hoy en sus versiones más salvajes o neoliberales.
Pero hay que añadir ahora que mucho va de la “libertad de empresa” o de mercado al capitalismo de hoy, llamado no sin razón “capitalismo salvaje” o neoliberalismo por su espíritu competitivo y su carencia de solidaridad, compasión y empatía, de donde igualar la libertad promovida por el evangelio en cualquiera de sus formas, como en este caso la libertad de empresa, ciertamente, con el capitalismo o neoliberalismo moderno no deja de ser un sospechoso y hasta mal intencionado anacronismo. Dicho todo lo anterior, esto tampoco implica que el capitalismo pueda condenarse por sí mismo como un sistema económico perverso y nada viable ni recomendable, pues como se deduce de las amonestaciones contenidas en estas parábolas, lo que lo pervierte son las actitudes y motivaciones codiciosas de los capitalistas sin temor de Dios y no el sistema en sí mismo. Si éstas últimas se alinean en conciencia con las promovidas por el evangelio en un espíritu de mayordomía, sujeción y rendición de cuentas a Dios por parte del empresario de turno, puede llegar a cultivarse un capitalismo solidario y compasivo que Dios apruebe y que redunde en el beneficio de la comunidad en general.
No en vano la recomendación del apóstol dirigida a los ricos balancea bien sus privilegios con sus responsabilidades: “A los ricos de este mundo, mándales que no sean arrogantes ni pongan su esperanza en las riquezas, que son tan inseguras, sino en Dios, que nos provee de todo en abundancia para que lo disfrutemos. Mándales que hagan el bien, que sean ricos en buenas obras, y generosos, dispuestos a compartir lo que tienen” (1 Timoteo 6:17-18 NVI). Al fin y al cabo, como nos lo recuerda Christopher Wright: “Las leyes de Israel priorizaban éticamente la vida humana sobre la propiedad material, y las necesidades del hombre sobre los derechos legales”. Por eso es un error poner el derecho a la propiedad al mismo nivel del derecho a la vida, a la libertad y a la igualdad (entendida como la obligación de dar un trato justo e imparcial que garantice para todos las mismas oportunidades básicas para el pleno y constructivo desarrollo de nuestras potencialidades), ya que bíblicamente hablando el primero no tiene el mismo sustento que los últimos. Por tanto, conferir al derecho a la propiedad el mismo carácter sagrado del derecho a la vida, a la libertad y a la igualdad es una extralimitación y exaltación de un derecho que no puede revestir la misma fuerza y obligatoriedad que tienen los primeros. Los malentendidos al respecto han sido aprovechados por el capitalismo y el liberalismo político y económico llevando estas ideas hasta sus últimas consecuencias prácticas, legitimando el pecado de la codicia en perjuicio del bien común, el bienestar y la justicia social debida a todos y cada uno de los miembros de la sociedad.
La iglesia que da un respaldo irrestricto al capitalismo como sistema económico abona el terreno para el surgimiento del absolutismo económico y las tiranías e injusticias cometidas hoy por hoy por los dueños de los recursos y de lo que el marxismo designa como “el capital” en contra de los menos favorecidos, con la anuencia y complicidad de quienes ejercen el poder político en un contubernio que ningún cristiano debería avalar ni admitir. Lo cierto es que la Biblia no da pie a la propiedad privada como algo absoluto, pues en ella se nos revela que Dios es el dueño de la tierra y los recursos y quien los reparte a los hombres para el bien común sin renunciar a sus derechos de propiedad sobre ellos en lo que ya se conoce como la doctrina de la mayordomía cristiana. El respeto a los linderos y la condenación del hurto y la codicia ordenados en la Biblia, más que un respeto a la propiedad privada, es un respeto a la posesión que Dios otorga sobre la tierra y los recursos a todos y cada uno de los seres humanos. Posesión de la que tendremos que hacer buen uso en el marco de la justicia para poder dar cuenta a Dios y a la sociedad del uso responsable de lo recibido, ya que: “»La tierra no se venderá a perpetuidad, porque la tierra es mía y ustedes no son aquí más que forasteros y huéspedes” (Levítico 25:23 NVI).







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