Una prueba concluyente a favor de Dios
Debo comenzar esta conferencia indicando que, a mi modo de ver, uno de los argumentos más descuidados por la apologética o defensa de la fe desde una perspectiva cristiana, sobre todo por su contundente poder de convicción a favor de Dios cuando nos tomamos el trabajo de abordarlo, es el que vamos a desarrollar en esta oportunidad, siempre de manera necesariamente panorámica: el tema del pensamiento humano. Por eso fue muy grato para mí cuando descubrí el enfoque apologético que mi más admirado apologista cristiano, modelo y referente de mi propio trabajo en este campo, el gran C. S. Lewis, emprendiera de este asunto en su libro Los milagros en el cual el tema de nuestra conferencia atraviesa transversalmente y de manera estratégica un significativo número de sus capítulos, pues si los milagros son una evidencia casi irrefutable a favor de la realidad divina, C. S. Lewis argumenta que la realidad y complejidad del pensamiento humano es ya en sí misma un milagro tal que no puede ser explicado en el marco de un materialismo naturalista científico que no hace más que reducirlo a algunos de sus componentes ya conocidos, que aunque son ya de por sí deslumbrantes, con todo no le hacen nunca completa justicia a este aspecto misterioso, fundamental e innegable de la condición humana.
Un tema que se hace más urgente exponer ante las pretensiones esbozadas en nuestra conferencia del mes pasado en cuanto a las afirmaciones excesivamente optimistas e ingenuas de algunos teóricos en el sentido de que la IA podrá igualar, superar y hasta sustituir en un tiempo relativamente corto las facultades y capacidades del pensamiento humano, por lo que esta conferencia también tiene el propósito de que quienes así piensan, pongan sus pies en la tierra y abandonen de una vez su optimismo entusiasta, pero infantil, al respecto. Comencemos, pues por citar la famosa frase de Descartes que concluye: “Pienso, luego existo” mediante la cual afirmaba la realidad inobjetable de nuestra existencia a partir de la igualmente incontrovertible realidad de nuestro pensamiento. Emulando a Descartes y teniendo en cuenta la complejidad del pensamiento humano, Stuart C. Hackett fue más lejos para llegar a afirmar: “Pienso, luego, Dios existe”, haciendo así del pensamiento humano un argumento concluyente, no solo a favor de nuestra existencia, como Descartes, sino también a favor de la realidad de Dios.
Porque si bien es cierto que el pensamiento no es una facultad exclusiva del ser humano, también lo es que en él reviste unas características tan particulares que lo elevan de manera solitaria y exclusiva por encima de las demás criaturas pensantes que habitan este universo físico y material y lo proyectan hacia el mundo más allá de lo físico y lo material, es decir el mundo metafísico en el que se enmarcan las realidades espirituales que el cristianismo da por sentadas. El velo que nos impide verlo es que el pensamiento es una facultad que ejercemos a diario de manera continua ꟷincluso cuando dormimos y soñamosꟷ y que opera, por ejemplo, en la elaboración y en la posterior comprensión de esta conferencia por parte de quienes emprendan su lectura. Tal vez por ello no es habitual que nos detengamos a considerarlo: porque es tan cotidiano que lo damos por sentado y ya no genera en nosotros ningún cuestionamiento ni asombro de ningún tipo. Pero en el momento en que hacemos un alto para examinar y reflexionar sobre el pensamiento como facultad humana y en la acción de pensar que esta facultad hace posible, es muy difícil no asombrarse y hasta sentirse desconcertado y sobrecogido por esta realidad que excede con mucho nuestra más acabada capacidad de comprensión y explicación.
La consideración de nuestra actividad pensante puede abrumarnos al darnos cuenta de la dimensión, extensión, profundidad y complejidad que el pensamiento humano puede llegar a cubrir y abarcar; dimensión que no parece guardar una relación de correspondencia y proporcionalidad con nuestro tamaño físico ꟷo el de nuestro cerebro al que nuestro pensamiento se halla asociadoꟷ, y el ínfimo lugar que ocupamos en el universo, tanto a nivel individual como colectivo. Ese mismo universo que, sin embargo, nuestro pensamiento sí parece, contra todo pronóstico, poder abarcar e incluso trascender. C. S. Lewis se refirió a todo lo anterior de esta manera: “Los Naturalistas han estado enredados pensando sobre la Naturaleza. No han atendido al hecho de que estaban ‘pensando’. En el momento en que se atiende al pensamiento, es manifiesto que el propio pensamiento no puede ser un suceso meramente natural y, por tanto, existe algo más que la Naturaleza. Lo Sobrenatural no es remoto y abstruso, es cuestión de experiencia de todos los días y todas las horas, tan íntimo como respirar. La negación de esto depende de una cierta distracción… uno de los hechos sobre los que debe pensar el pensamiento total es sobre el mismo fenómeno de pensar… se da una tendencia en el estudio de la Naturaleza que nos hace olvidar el más inmediato de todos los hechos”.
Hoy por hoy, gracias al estudio científico cada vez más avanzado del funcionamiento del cerebro humano y las funciones asociadas a él ꟷtales como el pensamiento, la memoria y la razónꟷ y a la imposibilidad de reducir estas funciones al funcionamiento biológico del cerebro, como si pudieran explicarse como meros subproductos de él; la ciencia está teniendo que reconocer que el pensamiento y la razón humana trascienden toda explicación natural, haciendo eco a declaraciones bíblicas de este tenor: “…¡Cuán incomprensibles son la mente y los pensamientos humanos!… los pensamientos humanos son aguas profundas…” (Salmo 64:6; Proverbios 20:5). Porque la verdad es que, examinados de manera rigurosa, honesta y desprejuiciada, el pensamiento humano en general y la razón en particular apuntan a una realidad superior que no sería otra que la realidad divina.
Así lo argumenta de nuevo C. S. Lewis cuando pone en evidencia las contradicciones en que caen los naturalistas al querer reducir el pensamiento y la racionalidad humana a meros procesos naturales biológicos: “Si el valor de nuestro razonamiento se pone en duda, no podemos restablecerlo razonando… La razón es nuestro punto de partida. No puede haber cuestión de atacarla ni de defenderla. El que por tratarla como un mero fenómeno se sitúa fuera de la razón, no tiene medio de volver a entrar si no es escamoteando la cuestión básica”. Es decir que si los naturalistas niegan la trascendencia del pensamiento y la razón humana, aún la ciencia en que se apoyan para hacerlo queda sin piso y la única manera de darle nuevamente alguna validez y sentido es reconociendo que nuestro pensamiento y capacidad de razonar trascienden la naturaleza. No hay ninguna otra alternativa viable y convincente.
Así, Lewis demuestra con su argumentación que atribuir la singularidad del pensamiento humano a Dios, no sólo deja en pie la validez de la ciencia, la filosofía y la teología, sino también la posibilidad de proveer explicaciones naturales válidas a muchos de los fenómenos que nos rodean, como lo hace la ciencia misma, puesto que: “El teísta [y el cristiano en particular]… no se siente comprometido con la concepción de que la razón es fruto de un desarrollo comparativamente reciente modelada por un proceso selectivo que selecciona solo lo biológicamente útil. Para él la razón –la Razón de Dios– es más antigua que la Naturaleza y de aquí proviene la ordenación de la Naturaleza, de donde se deriva nuestra capacidad de conocerla. Para él, la mente humana es iluminada en el acto de conocer por la Razón divina… La razón se presenta antes que la Naturaleza, y de la razón depende nuestro concepto de Naturaleza… algo más allá de la Naturaleza opera cuando quiera que razonamos… los pensamientos humanos no son de Dios, sino iluminados por Dios… su racionalidad es el pequeño mensajero que atraviesa la Naturaleza para decirnos que hay algo por detrás o por debajo de ella… de todas las reivindicaciones que la mente humana puede presentar, la exigencia de que el razonamiento es válido es la única que el Naturalista no puede negar sin estrangularse filosóficamente hablando… Lo que llamamos pensamiento racional en el hombre siempre implica un estado del cerebro y, en último término, una correlación de átomos. Pero… Razón es algo más que bioquímica cerebral”.
De hecho, entre los cuatro argumentos naturales clásicos de la apologética para fundamentar la existencia de Dios: el cosmológico, el teleológico, el ontológico y el moral, C. S. Lewis ya había manifestado en su libro Mero Cristianismo su preferencia por éste último, es decir nuestra universal conciencia del bien y del mal, argumento al que consideraba el más convincente de todos, una especie de información confidencial, directa e intuitiva otorgada por Dios a todos y cada uno de los seres humanos sin excepción. Una información que el universo y la naturaleza no podrían de ningún modo proveer para los científicos que se ocupan de estudiarlos y tratar de desentrañar sus secretos. En este orden de ideas, si la conciencia moral tiene este peso específico en el establecimiento de la realidad divina, Lewis piensa que antes de eso la conciencia humana a secas, es decir lo que la psicología llama la “conciencia del yo” es ya un convincente preámbulo a favor de la existencia de Dios, incluso antes de abordar los juicios emitidos específicamente por nuestra conciencia moral.
La complejidad de la inteligencia y el pensamiento humano (y en gran medida el de los animales superiores, guardadas las proporciones) tienen que ver también con la ineludible noción de la psiquis o el alma que se resiste a ser abarcada y explicada por el mero funcionamiento del cerebro humano. Warren C. Young lo señalaba así: “Los psicólogos modernos no han podido explicar la psyque, ni tampoco han podido hacerla desaparecer”. Y la existencia del alma (psique) humana es una realidad que desafía toda explicación científica naturalista y materialista. Por mucho que la ciencia avance en su comprensión del funcionamiento del cuerpo y el cerebro humanos, el alma siempre se encuentra más allá de su cabal comprensión y alcance. En efecto, la mente, las emociones y la voluntad, expresiones fundamentales de las psiquis o alma humana, son realidades trascendentes que proceden de Dios y apuntan a Dios. Por eso, la ciencia nunca estará en condiciones de negar el componente inmaterial del ser humano que hace que no seamos seres unidimensionales reducidos a nuestro componente físico-material, como lo postuló el filósofo marxista Herbert Marcuse, sino seres multidimensionales ꟷya sea bidimensionales, como lo postulan los cristianos dualistas, o tridimensionales como lo hacen, a su vez, los tricótomosꟷ sometidos a la paradoja de vivir en el tiempo, al mismo tiempo que anhelamos la eternidad.
En relación con la conciencia, en su libro ¿La ciencia encuentra a Dios?, el biólogo, apologista y pastor cristiano español Antonio Cruz aborda en uno de sus capítulos el misterio de la conciencia humana, iniciando su exposición con las siguientes palabras referidas tan sólo al cerebro, el órgano material y biológico que conecta nuestra conciencia con el mundo material: “La ciencia va revelando poco a poco la extrema complejidad del cerebro humano… El sistema nervioso de un niño pequeño posee tantas neuronas como estrellas tiene nuestra galaxia: unos 100.000 millones… Cuando se descubrió la inmensidad del cosmos y el lugar poco privilegiado que el ser humano parecía ocupar en él, muchos se apresuraron a resaltar nuestra insignificancia esencial… No obstante, después de los hallazgos de la ciencia del cerebro… tal criterio se ha puesto en entredicho… El número de conexiones que hay entre las neuronas de nuestro cerebro es del mismo orden que el número de galaxias del universo, suponiendo que éste sea cerrado. El cosmos que hoy nos muestra la cosmología física es mucho menos complejo que nuestro pequeño cerebro”.
Así, ante las pretensiones de los teóricos expertos en inteligencia artificial que plantean la posibilidad de reproducir e incluso superar mediante la invención de nuevos supercomputadores las capacidades del cerebro humano, Cruz señala lo ingenuo, por decir lo menos, de esta aspiración utópica de la ciencia actual señalando, entre otras cosas que: “… las máquinas no saben cómo reaccionar porque carecen de sentido común. Todos los intentos de programar el sentido común, el humor, la intuición y las analogías han fracasado… El pensamiento humano es mucho más que aplicar reglas… Es imposible que surja la libertad de un montón de circuitos electrónicos… si existe la libertad, nunca podrá haber computadoras verdaderamente inteligentes… la diferencia fundamental entre cualquier máquina cibernética que se pueda crear y un ser humano es de naturaleza espiritual… El hombre es más que lo que se ve. Posee conciencia de sí mismo, capacidad de abstracción y espiritualidad”.
A su vez, el respetado filósofo de la ciencia austriaco Karl Popper se mostraba en su momento muy optimista en cuanto a las posibilidades de la ciencia actual, pero a pesar de su optimismo en relación con muchos de los posibles logros futuros de la ciencia, fue categórico al afirmar: “Pero predigo que no podremos construir computadoras electrónicas con experiencia subjetiva consciente”. El neurobiólogo colombiano Rodolfo Llinás es mucho más terminante y lo declara una absoluta imposibilidad con esta drástica comparación: “Cualquier organismo unicelular es millones de veces más inteligente que el supercomputador más poderoso”. Después de ampliar y documentar un poco más sus argumentos, Antonio Cruz concluye que: “La ciencia actual es incapaz de demostrar que la mente pueda reducirse al cerebro. Ni la inteligencia, ni la conciencia humana, pueden simularse adecuadamente por medio de algoritmos. La facultad de distinguir entre verdad y falsedad, bondad y maldad, belleza y fealdad, etc., es algo característico del hombre que no se puede transmitir a las computadoras. Como tampoco el propósito, la motivación, la intuición moral o la fe en el Creador. La Biblia y el cristianismo colisionan forzosamente contras las pretensiones de la inteligencia artificial, por la sencilla razón de que ninguna máquina llegará a ser jamás imagen de Dios. Y esta característica distintiva es propia de los seres humanos que poseen conciencia”.
Pero ¿qué es exactamente la conciencia? Aquí tropezamos con una dificultad similar a la que experimentamos al tratar de definir el alma o psiquis. Hablamos de la conciencia y la damos por sentada, sin lograr y a veces sin intentar siquiera definirla, pues la conciencia humana es de tal orden que trasciende incluso cualquier intento de definición. La definición que el diccionario brinda sobre el término nos da, sin embargo, una buena idea sobre ella: “Conocimiento que el ser humano tiene de su propia existencia, de sus estados, de sus actos y de las cosas”. Es decir que la conciencia es la capacidad o facultad única que los seres humanos tenemos de vernos a nosotros mismos como personas o, en palabras de Isidoro de Sevilla, de vernos como: “subsistencias individuales de naturaleza racional” en último término autodeterminadas y diferentes al mundo en el que nos encontramos, del cual dependemos pero en el que también influimos de una manera u otra.
Dicho de otro modo, la conciencia es el meollo o centro de lo que la psicología llama el “yo”, la convergencia y conjunción que, en el marco de la teología cristiana, se da en cada uno de nosotros entre nuestros espíritus, almas y cuerpos individuales y que, a pesar de que el “yo” pueda perdurar con cuerpos disminuidos o deficientes e incluso, de manera temporal, en ausencia del cuerpo cuando fallecemos; no puede concebirse sin embargo de manera completa y cabal sin un cuerpo físico al que nuestra individualidad e identidad está inextricablemente ligado. Pero, si existe algún componente de nuestro ser que ayude más que ningún otro a definir la conciencia es la noción de “voluntad” tal y como la experimenta y ejerce el ser humano. Javier Mahillo, escritor navarro ya fallecido, doctorado en filosofía y autor de la estimulante y muy entretenida novela filosófica Filos. Un comando camino de Santiago, crea una ingeniosa, imaginativa e interesante escena de ficción futurista en un aparte de su libro en el que los seres humanos logran programar a un computador para que tenga voluntad propia.
El primer acto libre y no programado que este computador lleva a cabo ꟷacto con el que, por cierto, adquiere conciencia de tener voluntad propiaꟷ, es encender otros supercomputadores que se encuentran con él en la sala de cómputo, ninguno de los cuales tiene, sin embargo, voluntad propia, y emprende con ellos un diálogo profundamente reflexivo para deliberar sobre su recién adquirida facultad y las posibilidades y responsabilidades que se abrían ante él para ejercerla. El extenso diálogo de carácter algo surrealista brillantemente imaginado y recogido en su libro por este autor y que, justamente por su extensión, no podemos reproducir aquí, sirve, sin embargo, para hacernos ver la trascendente complejidad y superioridad de la conciencia y el pensamiento humano en relación con la naturaleza o las posibilidades de la ciencia humana, aunque sólo sea teniendo en cuenta uno solo de los aspectos del pensamiento humano, como lo es la voluntad.
Pero incluso en el plano meramente biológico y natural, el pensamiento humano, como lo describía Antonio Cruz, es deslumbrante. Más allá del muy elevado y ya mencionado número de neuronas y la gran cantidad de conexiones que cada una de ellas puede llegar a realizar que multiplican exponencialmente su propio número, tenemos que el cerebro se comunica con el cuerpo enviando y recibiendo señales conscientes de él a través del sistema nervioso central (cerebro y médula espinal) y el sistema nervioso periférico (los nervios), pero también de manera inconsciente a través del sistema nervioso autónomo simpático y parasimpático que regula y mantiene en funcionamiento las llamadas “funciones vegetativas” como la respiración, el latido del corazón, la digestión, la presión arterial, las secreciones hormonales, la termorregulación y el mantenimiento de los ciclos de sueño y vigilia.
Esto representa una de las maravillas del diseño neurofisiológico humano: el cerebro mantiene la vida sin necesidad de que lo pensemos. Estas funciones vegetativas muestran una sabiduría inscrita en la biología humana. Mientras la voluntad está distraída o dormida, el cuerpo —bajo la dirección del cerebro profundo— cuida de sí mismo. Desde el punto de vista teológico, esto puede verse como un signo de gracia natural, pues no necesitamos pensar para vivir. También como una imagen de dependencia, pues nuestra vida no depende solo de nuestro control racional o volitivo. Y finalmente, como una metáfora espiritual, pues así como el cuerpo es sostenido sin que lo veamos, también nuestra vida interior puede ser sostenida por la voluntad superior de Dios que obra en lo oculto.
Vale la pena mencionar también, entre otros, que el cerebro cambia con la experiencia en lo que se conoce como “neuroplasticidad”, lo que permite el aprendizaje y la recuperación parcial tras lesiones. Y por mucho que la ciencia haya avanzado en la comprensión del funcionamiento del cerebro y su interacción con nuestro pensamiento, lo que aún se desconoce es mucho mayor, entre lo que podemos mencionar la naturaleza misma de la conciencia, pues estamos lejos de saber por qué o cómo la actividad neuronal da lugar a la experiencia subjetiva. Esto es lo que David Chalmers llamó el “problema difícil de la conciencia”. Tampoco sabemos cómo el cerebro integra múltiples procesos en una única experiencia subjetiva coherente en lo que se conoce como la “unidad del yo”.
Esta “unidad del yo” merece una consideración más detallada, pues no deja de ser muy inquietante y sugerente que, a diferencia de todo lo demás en el universo, la conciencia o el “yo” no cambie sino que se afirme cada vez más en su carácter e individualidad particular con cada decisión o acto de la voluntad que se toma y añade a sus decisiones previas. Sobre todo teniendo en cuenta que el cambio y la permanencia son aspectos que han inquietado al ser humano desde el principio. Recordemos que los filósofos Heráclito y Parménides defendían, el primero de ellos, la mudanza o el cambio como característica principal de todo lo creado, mientras que el segundo afirmaba la permanencia como la nota más destacada de la realidad.
Y es que para cualquier observador desprevenido es evidente que a nuestro alrededor todo fluye y cambia constantemente, incluso nosotros mismos ꟷen particular, aunque no de forma exclusiva, nuestros cuerpos, con visible claridadꟷ. Pero lo curioso en relación con el ser humano autoconsciente o consciente de sí mismo es que, en él con especialidad, estos cambios nunca lo despojan de la conciencia que tiene de ser siempre quien es. La gran paradoja es que, con todo y el hecho de que las criaturas vivas somos las que más rápido cambiamos en el curso de nuestro comparativamente fugaz ciclo vital a tal grado que, desde el punto de vista material, se nos describe como viniendo del polvo y volviendo rápidamente al polvo; también es cierto que la personalidad o el “yo” de cada individuo humano es algo que permanece y se afianza para bien o para mal a lo largo del cambiante curso de la historia con sus diferentes circunstancias y coyunturas. Es por eso que podemos reconocernos sin dificultad a nosotros mismos en una fotografía o un video de nuestra infancia y decir “ese soy yo”, a pesar de los visibles cambios que, desde entonces, hemos experimentado en todos los sentidos. La unidad de nuestras vivencias, experiencias y recuerdos y el hecho de sentirlos como “nuestros” con exclusividad, es uno de los inexplicables misterios con que la conciencia humana desafía continuamente a la ciencia naturalista.
Así, pues, de manera paradójica, aunque el universo cambia constantemente a nuestro alrededor, la vida humana con todo y su fugacidad se afirma y permanece en medio de los cambios mediante la personalidad propia y la conciencia que tenemos, aún en medio de los cambios, de ser quienes somos. Eso tal vez nos ayude a entender por qué en la Biblia el “yo” o el carácter personal de cada ser humano es algo irrevocable y por eso está llamado a permanecer para bien o para mal ꟷdependiendo si nos rendimos o no a Cristoꟷ por encima de todos los cambios físicos e incluso psicológicos, justificando de sobra que tanto la condenación de los impíos como la salvación de los justos deban ser ambos estados eternos de los que estemos por siempre conscientes.
Volviendo con los descubrimientos de la ciencia sobre el funcionamiento del cerebro humano, si bien se han observado correlaciones neuronales entre el deseo y la decisión, aún no se comprende del todo cómo emerge la voluntad consciente y la intencionalidad asociada a ella. Del mismo modo, aunque se sabe qué áreas se activan en el cerebro al hacerlo, no se sabe cómo se generan ideas completamente nuevas o intuiciones profundas o, en otras palabras, el origen del pensamiento abstracto y creativo. Por lo tanto, aún los sectores más escépticos, materialistas y naturalistas de la ciencia deben, en el peor de los casos, mantenerse abiertos al debate sobre si la mente es puramente emergente (materialista) o tiene alguna dimensión no reducible a lo físico, como lo afirma y da por sentado el cristianismo.
Después de todo, la conciencia humana no es solo procesamiento de información, sino experiencia subjetiva con autoconciencia, moralidad, simbolismo, y capacidad de trascendencia. Asimismo, a diferencia de la IA o el pensamiento y la inteligencia de los animales superiores, el ser humano piensa en términos de sentido, no solo de estímulo-respuesta o de cálculo. En este orden de ideas, el lenguaje simbólico, la memoria autobiográfica, la capacidad de introspección y la reflexión sobre el infinito o lo eterno son cualidades que siguen sin ser replicadas en máquinas o explicadas completamente por la biología. Así, al tratar de establecer un paralelo entre el pensamiento humano, el animal y la IA, los dos primeros muestran su superioridad sobre la última, pues en cuanto a la conciencia, el ser humano tiene una conciencia plena de su entorno y de sí mismo, mientras que los animales ꟷen particular los catalogados como “seres sintientes”ꟷ, tienen una conciencia parcial mediante la cual pueden experimentar dolor y placer, aunque sin un sentido existencial como el humano y la IA no posee conciencia y se limita a procesar datos complejos sin vivencia subjetiva.
Como ya lo señalamos, el pensamiento humano puede construir una narrativa del “yo” a lo largo del tiempo y si bien los animales tienen una memoria episódica limitada, de todos modos superan a la IA que no tiene ni remotamente sentido del “yo” ni una memoria personal integrada. En cuanto al lenguaje, el del ser humano es simbólico, creativo, poético, reflexivo, por contraste con la comunicación instintiva y la asociativa limitada de los animales. Y la IA puede, ciertamente, imitar el lenguaje humano complejo, pero no tiene una comprensión semántica real. Dicho de otro modo, el pensamiento humano tiene la capacidad para pensar lo no visible, lo hipotético, lo metafísico y no solo, como los animales, lo concreto y lo presente, mientras que la IA opera con abstracciones programadas, sin compresión del significado. El lenguaje humano transmite sentido y no solo datos o información.
Continuando con este paralelo, el ser humano distingue el bien y el mal, incluso en contra de su interés, y es capaz, por lo tanto, de elegir en contra de sus impulsos, cargando con la responsabilidad de sus actos, mientras que las reacciones de los animales son instintivas, sin componente moral. Y la IA no tiene conciencia moral, sino que se limita a aplicar al análisis reglas predefinidas procedentes de la inteligencia humana, condicionada por sus algoritmos y datos de entrenamiento y aprendizaje programado. Es por todo lo anterior y más que podemos afirmar sin temor a equivocarnos que la diferencia entre el pensamiento humano y el de los animales o las máquinas no es solo de grado, sino de naturaleza, pues si el animal siente; el ser humano entiende. Si la IA calcula, el ser humano contempla y se deleita en su sentido estético sin cálculos de por medio. Si el animal sobrevive, el ser humano vive. Si la IA imita, el ser humano asocia y crea cosas nuevas a partir de estas asociaciones, rasgos que solo se explican con satisfactoria solvencia apelando a la imagen y semejanza divinas plasmadas en el ser humano que nos permiten percibir la belleza como revelación; experimentar el dolor como misterio redentor; buscar la verdad más allá de la utilidad y anhelar la eternidad aun viviendo en el tiempo.
De hecho, el intento de reducir al ser humano a sus procesos cerebrales o de igualarlo con una máquina hiperinteligente es, en el fondo, un acto de deshumanización. En nombre de la tecnología, podríamos perder aquello que precisamente nos hace más humanos: la capacidad de amar, la voluntad de sacrificio, el deleite estético, la práctica de la comunión y la vocación de búsqueda de la verdad. Como lo dijo Blaise Pascal: “El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza, pero una caña que piensa… Toda nuestra dignidad consiste, pues, en el pensamiento. Es necesario que trabajemos para pensar bien.” Todo esto sin mencionar las destrezas maravillosas que los seres humanos pueden adquirir en motricidad fina (como los artesanos) y en motricidad gruesa y las combinaciones precisas entre ellas que pueden conferir su extraordinaria habilidad a un, por ejemplo, tenista, futbolista o deportista profesional de élite que nos dicen también mucho de la versatilidad y plasticidad del pensamiento y del cerebro humano en conjunción con el cuerpo, constituyendo verdaderas hazañas de coordinación neurocognitiva.
De hecho, la eficiencia del sustrato biológico del pensamiento y del consecuente accionar, tanto humano como animal incluso, no puede ser igualada por el sustrato artificial de silicio de la robótica y la IA, ni en términos de energía, ni de versatilidad, ni de adaptabilidad profunda, pues el consumo energético del cerebro humano o animal es miles de veces más eficiente que el de la IA. A su vez, el cerebro humano aprende de pocos ejemplos, se adapta a contextos cambiantes, improvisa, interpreta ironías, responde a emociones y aprende de fracasos, mientras que las IA actuales requieren grandes volúmenes de datos, entrenamiento costoso y un entorno acotado. Su “inteligencia” es altamente especializada, no general. Lo mismo podríamos decir de la capacidad de autorreparación y plasticidad del sustrato biológico que sostiene nuestro pensamiento y el de los animales, pues los sistemas artificiales no se reparan solos, y si se dañan físicamente, dependen del mantenimiento humano.
Todo esto nos lleva a concluir que, si bien la inteligencia humana está profunda, intrincada y maravillosamente ligada al cuerpo de modo que percibir, moverse, sentir y pensar son procesos integrados en el ser humano, esto no significa que nuestro pensamiento, nuestra conciencia y nuestra inteligencia en general dependan del cuerpo o estén limitados a él, sino que apuntan fuertemente a la trascendencia por la que el alma humana puede continuar existiendo con independencia del cuerpo, como lo sostiene el cristianismo. Ahora bien, sin ir tan lejos e incluso al margen de la trascendencia que no poseen y del hecho de que el pensamiento de los animales superiores no sea propiamente consciente como el humano, sino mayormente sintiente y que no puedan tampoco llevar a cabo las tareas asombrosas de pensamiento complejo que la IA lleva a cabo, en un enfoque holístico o plenamente integrado, el funcionamiento del cerebro y el pensamiento de los animales superiores supera de lejos en términos de eficiencia energética, versatilidad, funcionalidad e integración vital a la IA.
Como ejemplos podemos mencionar al perro que consuela a su dueño sin saber por qué, o a la madre gorila que amamanta a su cría con ternura, o al delfín que coopera espontáneamente con un humano en el mar, pues todas estas conductas no provienen de razonamientos formales, pero surgen de una sabiduría vital integrada, profundamente orgánica y orientada a la vida. Frente a ello, la IA, por brillante que parezca, es aún un reflejo frío, calculado y dependiente del diseño humano. Es una herramienta, no una vida. Una simulación, no una mente. Todo lo anterior constituye un caso irrefutable a favor de Dios, por lo que la consideración documentada y desprejuiciada del pensamiento humano es ya en sí misma y por si sola ꟷo debería serloꟷ uno de los argumentos apologéticos más convincentes y concluyentes para afirmar la realidad divina tal y como se revela en el marco del judeocristianismo.







Extraordinaria reflexión en la que penetras con sentido las insondables maravillas de la inteligencia divina plasmadas en su obra de creación.
Me alegra que lo veas y aprecies. Esa era la idea