Volviendo con las frases suscritas hoy por hoy de manera universal en el sentido de que “errar es humano” y “nadie es perfecto” que, aun a su pesar, implican un reconocimiento de la condición pecaminosa de la especie humana revelada en la Biblia y confirmada por la experiencia; este reconocimiento, si bien no disculpa nuestros pecados, si hace las veces de atenuante que nos obliga a ser razonablemente indulgentes a la hora de combatirlos y tratar eficazmente con ellos. Indulgencia que se refleja en los diferentes grados de severidad que tienen las penas y castigos impuestos por las distintas legislaciones de las muchas sociedades humanas a lo largo de la historia, sobre los pecados que adquieren en ellas carácter ilegal o ilícito. Por eso, incurrir por primera vez en alguna conducta censurable y punible no reviste la misma gravedad que el ser reincidente, gravedad que se incrementa en la medida en que esta reincidencia se vuelve algo habitual y descarado, como sale a relucir en la oración de Esdras en relación con los matrimonios mixtos en Israel suscritos entre un judío y una pagana que estaban expresamente prohibidos en la ley: “¿Cómo es posible que volvamos a quebrantar tus mandamientos contrayendo matrimonio con las mujeres de estos pueblos que tienen prácticas abominables? ¿Acaso no sería justo que te enojaras con nosotros y nos destruyeras hasta no dejar remanente ni que nadie escape?” (Esdras 9:14). De ahí que lo verdaderamente vergonzoso no es equivocarse eventualmente, sino persistir en las mismas equivocaciones
La reincidencia
“En las condiciones actuales, es propio de la naturaleza humana pecar y equivocarse, pero es necio y vergonzoso hacerlo repetidamente del mismo modo”






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