Ya hemos señalado la utilidad que la vergüenza puede desempeñar a la hora de tratar con nuestros pecados e impulsarnos a corregirlos de una manera satisfactoria, pues el mero hecho de experimentar vergüenza por nuestros actos pecaminosos indica que todavía no hemos llegado a un grado de endurecimiento tal de nuestras conciencias con respecto a ellos que sea ya irreversible. Por eso, sin perjuicio de la gravedad de la conducta de los israelitas que habían reincidido en los matrimonios mixtos prohibidos en la ley en los que el pueblo había incurrido masivamente en otras oportunidades anteriores de su historia, sin que las generaciones posteriores hubieran aprendido la lección; lo cierto es que éste no era un caso perdido en la medida en que el pueblo estaba todavía dispuesto a reconocer sus faltas a este respecto con humildad y disposición a la corrección, como se lo manifestó Secanías a Esdras: “Entonces uno de los descendientes de Elam, que se llamaba Secanías, hijo de Jehiel, se dirigió a Esdras y le dijo: «Nosotros hemos sido infieles a nuestro Dios, pues tomamos por esposas a mujeres de los pueblos vecinos; pero todavía hay esperanza para Israel” (Esdras 10:2). La esperanza en este caso procedía de la disposición del pueblo a hacer un pacto con Dios renovando su compromiso de obediencia a Él en este particular, pacto que Esdras, entonces, lideró y sancionó favorablemente, imprimiéndole la solemnidad del caso, con el resultado de que: “Los que habían regresado… actuaron según lo que se había convenido” (Esdras 10:16)
Todavía hay esperanza
“Mientras todavía podamos experimentar vergüenza y disposición al arrepentimiento, la confesión y la corrección, la esperanza puede renacer de nuevo”






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