En el griego bíblico la palabra peirasmos puede traducirse como “prueba” o “tentación”, dependiendo del contexto. Esto explica por qué en las diversas traducciones los traductores optan en ocasiones por uno u otro término, aunque por lo general el mismo contexto da claros indicios de cuál es el énfasis particular en cada caso. Sea como fuere, pruebas y tentaciones comparten un campo semántico común y en todos los casos van juntas y se superponen entre sí en buena medida, de donde toda tentación implica ser probado hasta cierto punto, y toda prueba conlleva sus particulares tentaciones, pues ambas nos confrontan con momentos de dificultad que ejercen presión sobre nuestra voluntad y requieren de su correspondiente proceso de evaluación y decisión. Esto se puede observar en Éxodo 17:7 que, en la Nueva Traducción Viviente dice: “Entonces Moisés llamó a aquel lugar Masá (que significa «prueba») y Meriba (que significa «discusión»), porque el pueblo de Israel discutió con Moisés y puso a prueba al Señor diciendo: «¿Está o no el Señor aquí con nosotros?»”; mientras que en la Nueva Biblia Viva se lee así: “A ese lugar, Moisés lo llamó Masá, que significa tentación, porque allí los israelitas tentaron al Señor, diciendo: «¿Está el Señor entre nosotros, o no?». También lo llamó Meribá, que significa queja, pues allí el pueblo de Israel se quejó contra Dios”. En el Nuevo Testamento vemos algo parecido en Lucas 4:12, justo cuando el Señor está siendo tentado por el diablo, a quien responde así, según la Nueva Versión Internacional: “ꟷEstá dicho: ‘No pongas a prueba al Señor tu Dios’ ꟷrespondió Jesús”; mientras que la Reina Valera Contemporánea lo hace de este modo: “Jesús le respondió: «También está dicho: ‘No tentarás al Señor tu Dios.’»”, sin que ninguno de estos traductores lo esté traduciendo mal en cualquiera de los dos casos. En Mateo 26:41, aunque prácticamente todos los traductores coinciden en traducirlo como “tentación” en la siguiente exhortación del Señor: “Permanezcan despiertos y oren para que no caigan en tentación. El espíritu está dispuesto, pero el cuerpo es débil»” (NVI), la Biblia La Palabra Hispanoamericana es la excepción: “Velen y oren para que no desfallezcan en la prueba. Es cierto que tienen buena voluntad, pero les faltan las fuerzas”.
Conviene, entonces, señalar que la prueba puede venir de Dios o de las condiciones normales propias de la vida en el actual estado de la existencia, mientras que la tentación proviene fundamentalmente de los deseos pecaminosos de nuestra carne, promovidos y alimentados por los estímulos del mundo y la influencia de Satanás y sus demonios, pues: “Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie” (Santiago 1:13). En este orden de ideas, aunque puedan darse simultáneamente en la misma situación, el aspecto de “prueba” en ella busca fortalecer, purificar y revelar la fe, pues la prueba es formativa y si se supera, tiene el propósito de conducir al bien y un mayor crecimiento, madurez, fidelidad y recompensa. Mientras que el componente de “tentación” que la situación contiene es destructivo, pues busca hacernos caer y seducirnos para que pequemos y apunta, por lo tanto, al mal y a desviarnos del camino recto y se experimenta como una lucha interna con los malos deseos que, si se cede a ellos, trae culpa, caída, dolor y separación temporal e indefinida de Dios hasta que se corrija como es debido. La tentación es hoy tan omnipresente que llevó a La Croix a declarar con amargo y resignado cinismo que actualmente “La única manera de librarse de la tentación es cayendo en ella”, desconociendo o menospreciando, entonces, el dominio propio que el Espíritu Santo concede a los suyos: “En cambio, el fruto del Espíritu es… humildad y dominio propio…” (Gálatas 5:22-23); “Pues Dios no nos ha dado un espíritu de timidez, sino de poder, de amor y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7), que los capacita con la fuerza de voluntad necesaria y suficiente para poder refrenarse ante estas masivas tentaciones y vivir con moderación y sencillez en el transcurso de la cotidianidad. Los potenciales beneficios de la prueba son descritos así por Santiago: “Hermanos míos, considérense muy dichosos cuando tengan que enfrentarse con diversas pruebas,pues ya saben que la prueba de su fe produce perseverancia. Y la perseverancia debe llevar a feliz término la obra, para que sean perfectos e íntegros sin que les falte nada” (Santiago 1:2-3)
Ya mencionamos que hasta el propio Señor Jesucristo fue simultáneamente tentado por el diablo en el desierto, y probado por Dios, pues fue el Espíritu el que lo condujo al desierto luego de su bautismo en el Jordán. Pero Él experimentó la tentación sin ceder a ella, pues hablando del Señor la epístola a los Hebreos nos informa: “Porque no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado” (Hebreos 4:15), una observación crucial pues es en virtud de ella que puede, no sólo comprender en carne propia nuestras luchas al respecto, sino socorrernos en medio de la tentación, pues: “Por haber sufrido él mismo la tentación, puede socorrer a los que son tentados” (Hebreos 2:18) y brindarnos garantías al respecto, ya que: “Ustedes no han sufrido ninguna tentación que no sea común al género humano. Pero Dios es fiel y no permitirá que ustedes sean tentados más allá de lo que puedan aguantar. Más bien, cuando llegue la tentación, él les dará también una salida a fin de que puedan resistir” (1 Corintios 10:13, valga decir que aquí las traducciones Dios Habla Hoy y La Palabra Hispanoamericana prefieren traducir como “prueba” y utilizar el participio plural “probados” en vez de “tentados”). Garantías que nos permitan al final cosechar la satisfacción que se obtiene al no ceder a la tentación, triunfando finalmente sobre ella, como lo afirma de modo concluyente el apóstol Pedro, quien, hablando de la manera en que Lot mantuvo su integridad en medio de la vida licenciosa y disoluta de los habitantes de Sodoma y Gomorra, dijo: “Todo esto demuestra que el Señor sabe librar de la tentación a los que viven con devoción a Dios, y sabe también guardar a los injustos para castigarlos en el día del juicio” (2 Pedro 3:9). Santiago lo corrobora y declara la dicha de quien lo logra: “Dichoso el que resiste la tentación porque, al salir aprobado, recibirá la corona de la vida que Dios ha prometido a quienes lo aman” (Santiago 1:12), pues Él mismo nos instruyó para apelar a Dios de este modo: “Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos ofenden. Y no nos dejes caer en tentación” (Lucas 11:4), verdades que nos reconfortan y que podemos evocar e invocar con confianza siempre que seamos tentados y nos hallemos en medio de la prueba.







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