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El bautismo en agua

¿Requisito indispensable para la salvación?

En el ámbito cristiano ha existido cierta ambigüedad y discusión alrededor del papel que el bautismo en agua desempeña en la vida cristiana, discusión alimentada a su vez por las diferencias que existen entre las dos grandes ramas del cristianismo occidental: el catolicismo romano y el protestantismo evangélico (haremos aquí abstracción de la rama oriental o la tercera gran rama del cristianismo: la iglesia ortodoxa griega), en cuanto al momento y la manera de administrarlo que dan a entender, a su vez, diferentes concepciones teológicas alrededor de él. No hay duda, sin embargo, que como lo establecen las ciencias de la religión, el bautismo en agua es el rito de iniciación por excelencia del cristianismo en todas sus ramas, sin perjuicio de sus diferencias, del mismo modo en que las prácticas de yoga son el rito de iniciación por excelencia de las religiones místicas del Lejano Oriente. Pero incidentalmente, las ciencias de la religión iluminan la discusión al caracterizar al bautismo como un rito, es decir una práctica religiosa visible y objetiva que acompaña y está llamada a exteriorizar y dejar constancia ante los demás de las experiencias subjetivas interiores vividas por quien se somete a este rito.

Así, pues, el rito como tal debe corresponder a la experiencia interior que lo antecede y lo fundamenta, y sin la cual el rito aislado no tiene, pues, ninguna validez ni efecto. En el protestantismo esta experiencia no es otra que la conversión a Cristo por la cual la persona acepta de un modo intencional y consciente la invitación del evangelio y se rinde a Dios sin reservas en la persona de Cristo en humilde y contrito arrepentimiento, confesión y fe, entregándole su vida y reconociendo el derecho de Dios a gobernarla con la sabiduría, bondad y justicia que sólo Él ostenta en grado superlativo, capaz, por lo tanto, de conducirnos a puerto seguro en la dicha eterna que nos promete y garantiza a su lado. Y aquí se encuentra la razón de una de las diferencias entre católicos y protestantes, como lo es la controversia alrededor del bautismo de niños de brazos practicada por los católicos e impugnada por los protestantes en general (aunque no todos), debido a que un niño, evidentemente, no tiene la madurez mental requerida para tener clara conciencia de esta decisión, por lo que el bautismo de infantes nunca puede ser la expresión de la decisión consciente e intencional del bautizado que carece de lo que se conoce como la “edad de la responsabilidad” necesaria para poder tomar esta decisión.

En el catolicismo el bautismo de infantes es, en el mejor de los casos, una expresión de la fe de los padres del bautizado, pero no del bautizado mismo, en contra de lo establecido en el evangelio al determinar un orden de factores que no puede ser alterado ni invertido de una manera que, por demás, se cae de su peso: “el que crea y sea bautizado será salvo…” (Marcos 16:16) y no el que sea bautizado y crea, con posterioridad al bautismo. De nada sirve que el catolicismo, en su excesivo sacramentalismo, atribuya al rito del bautismo poder en sí mismo con independencia de las actitudes y disposiciones internas y las decisiones previas del bautizado en la fórmula que se conoce con la expresión latina ex opere operato, una fórmula que implica que los sacramentos, con el bautismo en agua en primer lugar: derivan su eficacia, no del ministro o del receptor, sino del sacramento considerado independientemente de los méritos del ministro o del receptor”, en un planteamiento que raya ya con la superstición y la magia paganas que el cristianismo está llamado a combatir.

Es esta administración deficiente del bautismo por parte del catolicismo en contravía con las estipulaciones del evangelio la que hace necesario otros dos sacramentos sin fundamento bíblico, como lo son la llamada “primera comunión” y la “confirmación” que pretenden suplir e involucrar finalmente la voluntad dispuesta del creyente manifestada mediante la fe y su compromiso consciente con el evangelio que debería verificarse con el bautismo en agua cuando se administra en el orden o de la manera establecida. La discusión sobre si debe llevarse a cabo por inmersión o por aspersión resulta, pues, un poco secundaria y bizantina ꟷaunque tampoco carente de importanciaꟷ, al compararla con la controversia alrededor del bautismo en agua en estos particulares aspectos.

De hecho, el apóstol Pedro desmitifica el bautismo en sus aspectos mágicos al referirse a él con estas palabras: “la cual simboliza el bautismo que ahora los salva también a ustedes…” afirmación que, si bien podría dar pie por si sola a sostener su eficacia salvadora con independencia de las disposiciones interiores del bautizado, es matizada y aclarada enseguida de este modo: “… El bautismo no consiste en la limpieza del cuerpo, sino en el compromiso de tener una buena conciencia delante de Dios…” (1 Pedro 3:21), enfatizando así las disposiciones interiores que deben acompañarlo para que tenga validez. Ahora bien, la pregunta que podríamos formularnos en este punto consiste en la inquietud de si el bautismo es requisito necesario para ser salvo, de tal suerte que en ausencia del bautismo en agua el creyente no podría salvarse, a pesar de haber creído y experimentado la conversión.

El pasaje del evangelio de Marcos citado un poco antes aclara que lo más determinante para ser salvo es la fe y la conversión a Cristo, y no el bautismo en agua, pues luego de establecer el orden correcto por el cual: “el que crea y sea bautizado será salvo…”, añade enseguida “… pero el que no crea será condenado” sin mencionar en este caso la ausencia del bautismo en agua como causal de condenación  (Marcos 16:16), sino solo la ausencia de la fe en Cristo propia de quien no ha experimentado la conversión. Sin embargo, la mención que el Nuevo Testamento hace del bautismo de un modo tan connatural en una unidad inseparable con la conversión y la fe en Cristo, debe indicarnos que no carece de importancia y que el auténtico convertido surtirá todos los recursos a su alcance para obedecer lo más pronto posible la instrucción de ser bautizado en agua en la medida de sus posibilidades.

En realidad, es una distorsión de la instrucción del bautismo y de su correcto sentido bíblico el dilatar esta decisión indefinidamente, como lo hizo el emperador Constantino, que pospuso su bautismo en agua y no se sometió a él sino hasta que se encontraba en su lecho de muerte, mostrando de este modo que su comprensión del cristianismo dejaba mucho que desear y justificando el hecho de que la iglesia nunca lo viera en realidad como un auténtico convertido, sino tan solo como un honesto simpatizante de la causa cristiana a la que veía como el fundamento de la solidez y la unidad política del imperio en una actitud sincera, pero que obedecía más al pragmatismo y el utilitarismo político, que a la convicción de que el cristianismo era la verdad que dejaba expuestas como falsas todas las religiones paganas de la época, que es como lo entienden los cristianos. Por eso este emperador no tenía conflictos de conciencia al favorecer a la iglesia mientras que al mismo tiempo ofrecía sacrificios paganos a los dioses de la mitología grecorromana.

Con todo y ello, la responsabilidad de su tardío bautismo en agua, cuando se hallaba ya en su lecho de muerte, es un producto indirecto de la sobrevaloración sacramental que la iglesia ya estaba haciendo del rito del bautismo, al que consideraban el punto de ruptura con la pasada manera de vivir y que, como tal, limpiaba y borraba casi de manera automática todos los pecados cometidos antes de él. Pero como la experiencia de la iglesia demostraba que los bautizados seguían pecando en mayor o menor grado, los llamados “pecados posbautismales”, es decir los cometidos con posterioridad al bautismo, se convirtieron en un problema y en un motivo de especial preocupación y reflexión para la iglesia, como se puede apreciar ya a comienzos y mediados del siglo segundo en los escritos de los llamados “padres apostólicos” es decir, los escritos de los dirigentes de la iglesia que tuvieron contacto con los apóstoles y que formaban parte de la siguiente generación después de ellos.

En estos escritos se aprecia la institución de una “segunda penitencia” para tratar con los pecados posbautismales, desconociendo que esa “segunda penitencia” es una posibilidad e incluso una obligación de los cristianos cada día en sus apelaciones personales y directas a Dios en oración y en ejercicio de la instrucción apostólica en el sentido de que: Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad” (1 Juan 1:9), sin perjuicio de la seguridad de la salvación que el evangelio nos ofrece. Para finales del siglo III y la primera mitad del siglo IV, en un contexto ya algo distorsionado como éste, la decisión de Constantino de bautizarse en su lecho de muerte no era arbitraria, pues era una apuesta de que, ante la inminencia de la muerte y en la posibilidad de anticiparla, bautizarse a último momento reduciría drásticamente la posibilidad de cometer pecados posbautismales que pusieran presuntamente en peligro la salvación del creyente influido por estas discutibles creencias desde la óptica del evangelio.  

Arturo Rojas

Cristiano por la gracia de Dios, ministro del evangelio por convicción y apologista por vocación. Hice estudios en el Instituto Bíblico Integral de Casa Sobre la Roca y me licencié en teología por la Facultad de Estudios Teológicos y Pastorales de la Iglesia Anglicana y de Logos Christian College. Cursé enseguida una maestría en Divinidades y estudios teológicos en Laud Hall Seminary y, posteriormente, fui honrado con un doctorado honorario por Logos Christian College.

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