Una de las apelaciones a Dios más significativas y seguras que encontramos en la Biblia para invocar Su ayuda de una manera muy sentida es la que apela al bien ganado prestigio de Su Nombre, como cuando David clamaba de este modo: “¡Sálvame, oh Dios, por tu nombre! ¡Defiéndeme con tu poder! ¡Escucha, oh Dios, mi oración! ¡Presta oído a las palabras de mi boca!” (Salmo 54:1-2). Los grandes hombres de fe preferían hacerlo de este modo, pues el carácter justo, pero también misericordioso de Dios nunca cambia y ya ha dado tantas muestras de ello ejerciendo Su poder a favor de Su pueblo, que sus intervenciones al respecto estaban firmemente establecidas de tal modo que era siempre preferible acudir a Él apoyado en esto que en nuestro siempre deficiente desempeño. De hecho, David invocaba Su perdón de esta manera: “Por amor a tu nombre, Señor, perdona mi gran iniquidad” (Salmo 25:11) y los profetas lo hacían de manera similar, tanto Jeremías: “Aunque nuestras iniquidades nos acusan, actúa en razón de tu nombre, oh Señor. Muchas son nuestras infidelidades; contra ti hemos pecado… En honor a tu nombre, no nos desprecies; no deshonres tu trono glorioso. ¡Acuérdate de tu pacto con nosotros! ¡No lo quebrantes!” (Jeremías 14:7, 21), como Daniel: “Oye, Señor; oh Señor, perdona; presta oído, Señor, y hazlo; no tardes, por amor de ti mismo, Dios mío; porque tu nombre es invocado sobre tu ciudad y sobre tu pueblo” (Daniel 9:19), sentando así una pauta para que el creyente pueda acudir a Él en toda circunstancia
¡Sálvame, por Tu Nombre!
"Nuestra apelación a Dios para que obre en nuestro beneficio se apoya antes que nada en el bien ganado prestigio de Su Nombre en favor de los suyos”






Deja tu comentario