La Biblia establece tareas, labores y responsabilidades que debemos cumplir de forma obediente como condiciones razonables para poder disfrutar de la bendición y el favor de Dios. Dios no recompensa el ocio y la pereza, sino la diligencia, la excelencia y la constancia en lo que hacemos en la medida en que el trabajo es en sí mismo una bendición de Dios instituida para el ser humano antes de la caída en pecado en estos términos: “Dios el Señor tomó al hombre y lo puso en el jardín del Edén para que lo cultivara y lo cuidara” (Génesis 2:15), amonestando a los perezosos y ociosos de este modo: “… «El que no quiera trabajar, que tampoco coma»” (2 Tesalonicenses 3:10). Adicionalmente el Señor garantiza y advierte que: “Todo esfuerzo tiene su recompensa, pero quedarse en las palabras solamente, lleva a la pobreza” (Proverbios 14:23) y nos exhorta a que: “No nos cansemos de hacer el bien, porque a su debido tiempo cosecharemos si no nos damos por vencidos” (Gálatas 6:9).Pero una vez surtido todo lo anterior hay todavía muchas circunstancias que no están bajo nuestro control ni dependen directamente de nuestro desempeño, sino únicamente del de Dios que controla soberanamente todas las variables con sabiduría y es necio e infructuoso para nosotros tratar de controlarlas de manera compulsiva, angustiosa y desesperada, perdiendo la paz en el proceso, por lo que en estos casos debemos atender la instrucción: “«Quédense quietos, reconozcan que yo soy Dios. ¡Seré exaltado entre las naciones! ¡Seré enaltecido en la tierra!»”(Salmo 46:10) y dejar así a Dios ser Dios
Quédense quietos
"A veces lo único que se requiere y la única opción que nos queda en medio de las dificultades es quedarnos quietos para dejar a Dios ser Dios”






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