La Biblia nos confronta con una verdad solemne: la responsabilidad crece en proporción directa al grado de conocimiento y revelación recibida. Dios eligió a Israel entre todas las naciones, le dio su Ley, sus promesas, sus pactos y su misma presencia. Sin embargo, en vez de responder con gratitud y fidelidad, Israel se rebeló, como lo señala el profeta: “Pero ella se rebeló contra mis leyes y estatutos, con una perversidad mayor a la de las naciones y territorios vecinos. En otras palabras, rechazó por completo mis leyes y estatutos” (Ezequiel 5:6). La “perversidad mayor” no es, pues, que haya incurrido en conductas peores que las de los paganos, sino que lo hizo con pleno conocimiento y, por tanto, con una mayor obstinación que los pueblos que ni siquiera conocían al Dios verdadero, desechando voluntariamente y a conciencia lo que otros jamás conocieron. Esto nos debe llevar a examinar nuestra propia situación. Si hemos recibido el evangelio y contamos con la Biblia, con libertad religiosa, con predicaciones, discipulado y comunión cristiana en iglesias que no se mueven en la clandestinidad, ¿cuánto más grave puede ser nuestra tibieza, nuestra desobediencia, nuestra indiferencia o mediocridad espiritual? El apóstol Pedro dijo que el juicio comienza por la casa de Dios, no de modo caprichoso, sino porque la luz que hemos recibido de Él nos llama a una mayor integridad. Y esto nos debería conducir con docilidad al arrepentimiento, no al orgullo; a la humildad, y no a la comparación con otros, porque a quien mucho se le ha dado, mucho se le demandará
Se rebeló con una perversidad mayor
"El mayor grado de culpa de Israel en relación con los pueblos paganos obedecía a que había sido beneficiario de un mayor conocimiento y privilegios”






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