La “responsabilidad del centinela” que aparece en el Antiguo Testamento, pero que en el Nuevo Testamento, en el marco del evangelio, se extiende en algún grado a todos los creyentes y no sólo a los profetas, tiene dos aspectos contrastantes. Por una parte, la posibilidad de advertir a los hombres sobre el pecado invitándolos al arrepentimiento y la fe en Cristo, obteniendo de ellos una respuesta favorable, lo cual es muy grato y satisfactorio, como se lo señaló Dios al profeta: “Pero si tú adviertes al justo para que no peque y en efecto él no peca, él seguirá viviendo porque hizo caso a tu advertencia y tú habrás salvado tu vida»” (Ezequiel 3:21). Pero, por otra parte, esta advertencia e invitación a la fe y el arrepentimiento ꟷaunque no se haga desde censurables posiciones de superioridad sino de empática compasiónꟷ, no siempre obtiene de nuestro interlocutor la respuesta deseada y el esperado final feliz, caso en el cual se puede convertir en una labor ardua e ingrata, que más allá de la frustración de ver cómo las personas no prestan atención a las advertencias y no valoran nuestra preocupación por su bienestar temporal y su destino eterno, debe enfrentar el hecho de que reaccionen en muchos casos con fastidio y veladas o en muchos casos abiertas animosidades hacia quien les hace estas advertencias, colocándole entonces el rótulo de “persona no grata”, como lo hizo gran parte del pueblo de Israel a las advertencias de los profetas, llegando a convertir este fastidio en tal hostilidad hacia ellos que trajo como resultado una persecución sistemática contra ellos
Pero si tú adviertes al justo
"Advertir a otros es un acto de responsabilidad que puede llegar a ser una labor muy ingrata, pues rara vez es bien recibida por los advertidos”






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