La vida es un don de Dios que se experimenta como una mezcla paradójica e indiferenciada de bendición y obligación en la que luchamos por el control, pero enfrentándonos continuamente al hecho de que existen muchos aspectos de ella que están fuera de él, destacándose por sobre todo el día de nuestra muerte puesto que: “No hay quien tenga poder sobre el aliento de vida, como para retenerlo; ni hay quien tenga poder sobre el día de su muerte. No hay licencias durante la batalla, ni la maldad deja libre al malvado” (Eclesiastés 8:8). Nuestra vida es breve y limitada en el tiempo y en gran medida imprevisible, pero si hay algo seguro es que, más temprano o tarde, no podremos escapar del final reservado para ella en nuestras actuales condiciones de existencia, pues no está en nuestras manos posponer lo inevitable. No hay licencias para alargar nuestros días ni trucos ni estratagemas para librarnos de ella, pues la muerte no es negociable en el propósito de evitar que llegue el día señalado. Este hecho debería conducirnos a una reflexión profunda sobre la manera en que vivimos y lo que vamos a hacer con el tiempo que se nos ha dado. Por eso, si bien es conveniente, entonces, vivir una vida con propósito, no podemos olvidar que antes que nada la vida misma es un propósito, recordando que cada día es un regalo para disfrutar, agradecer, amar, servir y hacer el bien, valorando el camino y el andar en sí mismos y no solo las metas que perseguimos al recorrerlo, pues es justamente la fragilidad de la vida lo que la hace más valiosa y digna de ser vivida
Poder sobre el día de su muerte
"Si hay un aspecto de la vida en el que se manifiesta nuestra impotencia es en poder anticipar el día de nuestra muerte y posponerlo de algún modo”






Deja tu comentario