Habiendo ya señalado la forma en que los más ejemplares hombres de fe en el Antiguo Testamento apelaban a Dios, no apoyados en su propio desempeño siempre imperfecto, sino en el bien ganado prestigio divino, para que Dios honrara y confirmara este prestigio actuando a su favor en medio de sus propias circunstancias personales para la gloria de Su Nombre; debemos resaltar que ese prestigio asociado a Su buen Nombre tiene que ver de manera especial con su fidelidad hacia los Suyos. La fidelidad de Dios es, pues, un componente fundamental en su prestigio. Por eso David también formulaba sus oraciones de este modo: “Escucha, Señor, mi oración; atiende a mi súplica. Por tu fidelidad y tu justicia, respóndeme” (Salmo 143:1). El apóstol Pablo sostiene con firmeza que es Su fidelidad la que impide que Dios deseche a su pueblo infiel, incluso cuando se habría hecho merecedor de ello: “Pero entonces, si algunos no creyeron, ¿acaso su incredulidad anula la fidelidad de Dios? ¡De ninguna manera! Dios es siempre veraz, aunque el hombre sea mentiroso…” (Romanos 3:3-4). En el Apocalipsis Dios es identificado como fiel y verdadero, al punto de que Fiel y Verdadero llegan a constituir uno de Sus nombres personales: “Luego vi el cielo abierto y apareció un caballo blanco. Su jinete se llama Fiel y Verdadero. Con justicia dicta sentencia y hace la guerra” (Apocalipsis 19:11) y es con base en este rasgo propio de Dios que se nos exhorta en estos términos: “Mantengamos firme la esperanza que profesamos, porque fiel es el que hizo la promesa” (Hebreos 10:23)
Por Tu fidelidad y Tu justicia
"La forma más segura y confiable de acudir a Dios en oración no es apoyados en nuestros siempre insuficientes méritos sino en Su anunciada fidelidad”






Deja tu comentario