En el Antiguo Testamento el destino de todos los hombres, justos e injustos, cuando fallecían, era el Seol, considerado la morada de los muertos sin especiales matices o diferencias para nadie, por lo que los traductores modernos han optado por traducir la palabra Seol como sepulcro simplemente en dondequiera que aparece, como en el salmo 141 en donde leemos: “Y dirán: «Así como se esparce la tierra cuando en ella se abren surcos con el arado, así se han esparcido nuestros huesos a la orilla del sepulcro»” (Salmo 141:7). Por eso en la versión griega del Antiguo Testamento, la palabra que se utilizó para traducir Seol fue Hades, pues en la cultura griega Hades designaba tanto el destino de los muertos, como al dios de la muerte. Sin embargo, el Nuevo Testamento nos revela ciertos matices o distinciones en el Hades como los que observamos en la historia del rico y Lázaro en el capítulo 16 del evangelio de Lucas cuando, al morir ambos, Lázaro, el mendigo justo, fue llevado por los ángeles para que estuviera al lado de Abraham en un estado de plenitud y dicha, mientras que el indolente e injusto rico al descender al sepulcro o Hades, va a un lugar de tormento cuya descripción encaja con la noción del infierno que Cristo nos va revelando con claridad en los evangelios, muy afín con el lugar de tormento de los romanos conocido como el Tártaro, el Abismo o la Gehena, que son otros nombres bíblicos utilizados para indicar este lugar de tormento al que son arrojados los impíos e injustos al morir, por contraste con el paraíso al que van los justos cuando mueren
Nuestros huesos a la orilla del sepulcro
"El Seol del Antiguo Testamento no es exactamente el mismo Hades del Nuevo Testamento sobre el que nos advierte el Señor Jesucristo en el evangelio”






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