La raíz del verbo “bendecir” y del sustantivo “bendición” procede del latín benedicere que en su etimología hace referencia simplemente a “decir bien” o a “bien decir”, es decir hablar cosas buenas, constructivas o elogiosas en relación con alguien. Partiendo de estas raíces, bendecir es, pues, un sinónimo de alabar, ensalzar, engrandecer, elogiar, enaltecer o magnificar y uno de los usos más característicos y particulares que adquiere en la Biblia es para hablar bien de la grandeza y bondad de Dios. Sin embargo, dado el hecho de las bendiciones formales y solemnes que los patriarcas, entre quienes se destacan Abraham, Isaac y Jacob, pronunciaban sobre sus hijos y descendientes que implicaban que en estos casos el superior bendecía al inferior, las bendiciones que Dios pronuncia sobre alguien en su condición de Ser Supremo, superior a cualquier otro, tienen mucha más fuerza, alcance y efecto que las que nosotros le dirigimos a Él en forma de alabanzas. De cualquier manera, alabar o bendecir a Dios es siempre procedente, como se nos exhorta a hacerlo insistentemente en los salmos con especialidad, pero también en el resto de la Biblia: “Bendigan al Señor todos ustedes sus siervos, que de noche permanecen en la casa del Señor. Eleven sus manos hacia el santuario y bendigan al Señor. Que desde Sión te bendiga el Señor, que hizo el cielo y la tierra” (Salmo 134:1-3), pero nuestras bendiciones no añaden ni su ausencia quita nada a la plenitud de Dios, mientras que las Suyas si son cruciales para añadir a nuestras vidas las calidades que solo Él otorga
Eleven sus manos y bendigan al Señor
"Las bendiciones que el pueblo de Dios le dirige nunca tendrán el mismo carácter y alcance que las bendiciones que Dios pronuncia sobre Su pueblo”






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