La llamada “comunión de los santos” tal como figura en el credo apostólico, el más antiguo de los credos de la Iglesia, es, pues, fundamental en la práctica cristiana, por imperfecta que pueda ser y por mucho que deje qué desear por momentos en el contexto de la iglesia en el que debe ser puesta en práctica, en preparación para la comunión plena y perfecta que disfrutaremos un día en el reino de Dios establecido en la tierra con la segunda venida de Cristo. Comunión siempre recomendable y disfrutable, a pesar de todo, en una armónica convivencia que, de lograrse medianamente, nos introduce en la descripción que el salmista hace de ella en estos gráficos, deseables y poéticos términos: “Es como el buen aceite que, desde la cabeza, va descendiendo por la barba, por la barba de Aarón, hasta el borde de sus vestiduras. Es como el rocío de Hermón que va descendiendo sobre los montes de Sión. Ciertamente allí el Señor envía su bendición, vida para siempre” (Salmo 133:2-3). Es con base en esto que el cristianismo, si bien no anula nuestra individualidad, sino que la respeta y la afirma en gran medida, no puede ser nunca confundido con el individualismo egoísta y egocéntrico, sino que, por el contrario, la práctica cristiana es por su misma naturaleza una práctica comunitaria en la que el apoyo y la ayuda mutua son esenciales, justificando la solemne y precisa instrucción en el sentido de que: “No dejemos de congregarnos, como acostumbran hacer algunos, sino animémonos unos a otros, y con mayor razón ahora que vemos que aquel día se acerca” (Hebreos 10:25)
Es como el aceite que va descendiendo
"Los efectos reconfortantes de una convivencia armónica, justa, respetuosa y en paz con los demás es alegremente creciente, incluyente y contagiosa”






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