La resolución manifestada por el rey David luego de consolidarse en el trono de Israel y establecerse con comodidad en el palacio real es ejemplar en el sentido de que: “«No entraré a mi casa ni iré a mi cama; no me permitiré cerrar los ojos, ni siquiera el menor pestañeo, antes de hallar un lugar para el Señor, una morada para el Poderoso de Jacob»” (Salmo 132:3-5). En efecto, el rey David no descansó en su propósito de construir un templo digno de Dios en Jerusalén, la capital de Israel en la que se encontraba también el palacio real, comenzando por su decidido, pero también accidentado traslado del arca del pacto del lugar algo marginal en que se encontraba en el territorio de Israel en la ciudad de Balá, más conocida como Quiriat Yearín, hasta la casa de Obed Edom y desde allí finalmente hasta una tienda especialmente preparada en Jerusalén para contenerla a la espera de la construcción definitiva del templo. Y si David no construyó el templo fue porque Dios se lo impidió diciéndole que esta labor estaba reservada para su hijo Salomón, un rey para épocas de paz, pues David era un guerrero que había derramado mucha sangre en las batallas que emprendió para consolidar el reino, no obstante lo cual este rey llevó a cabo todos los preparativos del caso para facilitar en su momento esta labor para su hijo Salomón. Y dado que en el Nuevo Testamento todos y cada uno de los creyentes somos constituidos templo del Espíritu Santo, deberíamos manifestar la misma resolución de David para que Dios more en cada uno de nosotros sin restricción alguna de nuestra parte
Una morada para el Poderoso de Jacob
"Al igual que David, no deberíamos descansar hasta que Dios no more sin restricción alguna en nosotros como templos Suyos que hemos sido constituidos”






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