La humildad es normativa en la vida cristiana, independiente de los mayores o menores logros que el creyente pudiera alcanzar, ostentar y exhibir en un momento dado. De hecho, la humildad es uno de los aspectos puntuales del fruto del Espíritu Santo que los creyentes que se rinden a Dios en la persona de Cristo deberían manifestar también en mayor o menor grado en su vida cotidiana de forma espontánea y natural. Los logros del rey David marcan el momento de mayor esplendor de Israel en la antigüedad, y constituyen un referente obligado para la posteridad en las añoranzas de grandeza nacional albergadas y evocadas por el pueblo judío, conforme a las promesas de Dios en los escritos proféticos del Antiguo Testamento. Sin embargo, con muy contadas excepciones, el rey David no permitió que estos logros se le subieran a la cabeza y le hicieran perder de vista las penurias que también salpicaron su vida antes de alcanzarlos e incluso luego de haberlos alcanzado y estarlos disfrutando. Por eso, en vez de hacer gala y alarde de ellos, siempre procuró cultivar una actitud de dependencia y confianza en Dios carente de presunciones y ostentaciones altivas y orgullosas, actuando impulsado más por el sentido del deber y de la obediencia debida a Dios conforme a su personal medida de fe, que por la búsqueda de grandeza personal, estando en condiciones de afirmar con solvencia: “Todo lo contrario: he calmado y aquietado mis ansias. Soy como un niño recién amamantado en el regazo de su madre. ¡Sí, como un niño recién amamantado soy!” (Salmo 131:2)
Soy como un bebé recién amamantado
"La dependencia, confianza y ausencia de presunciones de un bebé de pecho respecto de su madre es algo que todos los creyentes deberíamos imitar”






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