La epístola de Santiago se refiere así al juicio divino sobre los pecados del hombre: “… ¡La compasión triunfa en el juicio!” (Santiago 2:13). Ciertamente, los juicios divinos sobre los pecados del hombre por lo general son compasivos y no se ejercen con la severidad que nuestros pecados lo ameritarían, comenzando porque, en la medida en que no involucran la ejecución del pecador, ya por esta causa son juicios misericordiosos, pues en estricto rigor: “… la paga del pecado es muerte…” (Romanos 6:23). Esto es especialmente cierto en el caso de los creyentes que se encuentran bajo los juicios disciplinarios de Dios para corregir sus desobediencias, pues sin perjuicio del carácter penoso que la disciplina involucra y el sufrimiento y la aflicción que de cualquier modo conlleva de un modo necesario, podemos estar seguros de que en estos casos Dios ejerce su disciplina de manera calculada y cuidadosamente dosificada, en la proporción mínima requerida para el logro de sus propósitos correctivos, conduciendo al creyente al correspondiente arrepentimiento. Ya lo dijo el profeta: “¿Qué Dios hay como tú, que perdone la maldad y pase por alto el delito del remanente de su heredad? No estarás airado para siempre, porque tu mayor placer es amar. Vuelve a compadecerte de nosotros. Pon tu pie sobre nuestras maldades y arroja al fondo del mar todos nuestros pecados” (Miqueas 7:18-19) y lo ratifica el salmista: “Si tú, Señor, tomaras en cuenta los pecados, ¿quién, Señor, se mantendría en pie? Pero en ti se halla perdón y por eso debes ser temido” (Salmo 130:3-4)
Arroja al fondo del mar nuestros pecados
"En verdad, si Dios fuera rigurosamente estricto en establecer justicia retributiva exacta para todos los hombres ninguno podría mantenerse en pie”






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