Volviendo con el poder destructivo de la lengua ilustrado gráficamente y de forma figurada en la Biblia con el potencial que las armas de guerra tienen para herir y matar a sus víctimas y más concretamente, con el potencial de espadas y flechas, como lo registran los salmos en varias oportunidades, entre las cuales podemos destacar en este caso la apelación de David a Dios cuando se encontraba rodeado de enemigos, hostigado por el ejército del rey Saúl: “Me encuentro en medio de leones, rodeado de gente rapaz. Sus dientes son lanzas y flechas; su lengua, una espada afilada” (Salmo 57:4), David repite, entonces, su invocación a Dios en estos términos:“En mi angustia invoqué al Señor, y él me respondió. Señor, líbrame de los labios mentirosos y de la lengua engañosa. ¡Ah, lengua engañosa! ¿Qué se te habrá de dar? ¿Qué se te habrá de añadir? ¡Puntiagudas flechas de guerrero, con ardientes brasas de retama!” (Salmo 120:1-4). Las palabras, en efecto, causan daños sensibles en la honra y el buen nombre de las personas por medio de la ya señalada acción combinada de calumniadores, murmuradores y chismosos. Daños que pueden sentirse tan dolorosos y destructivos como los recibidos en medio del combate por las armas de guerra, infligiendo heridas y perjuicios sociales y psicológicos que pueden llegar a ser irreparables por las consecuencias que acarrean y la manera en que lesionan la estima de alguien, ya sea por parte de terceros, como la estima propia incluso, deformando y degradando la percepción que tenemos de nosotros mismos
Líbrame de la lengua engañosa
"Los ladrones de la honra pueden llegar a hacer más daño con la lengua que el que infligen las flechas y armas de guerra en general en la batalla”






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