En este mundo la dicha o la felicidad a la que todos aspiramos de un modo u otro nunca será completa. Incluso la que se cree obtener mediante la salud, los bienes materiales y las relaciones interpersonales relativamente estables, satisfactorias y constructivas, que está, además reservada a unos muy pocos afortunados que tienen satisfactoria y solvente ꟷy en el caso de los ricos, los famosos y los poderosos de este mundoꟷ abundante y sobradamente cubiertos estos aspectos externos de su vida que pueden, sin embargo, cambiar de un momento a otro y sin previo aviso ante las circunstancias y vicisitudes de la vida que no podemos prever ni controlar. Por eso, hacer depender nuestra felicidad de estas variables externas sobre las que no tendremos nunca completo control es ingenuo, en el mejor de los casos, y necio, en el peor de ellos. La dicha verdadera se obtiene, si no ahora de manera plena, sí después; en el camino de la obediencia a Dios que nos permite estar en paz con nuestra conciencia en la convicción del deber cumplido, como lo sostiene el salmista: “Dichosos los que van por caminos perfectos, los que andan conforme a la ley del Señor. Dichosos los que guardan sus estatutos y de todo corazón lo buscan” (Salmo 119:1-2). Con todo, en las condiciones actuales de este mundo caído, tener la conciencia tranquila en relación con Dios no nos exime de aflicciones y sinsabores, sino que puede ser incluso fuente de aflicción, por lo que las dichas o bienaventuranzas del evangelio conciernen fundamentalmente a la era venidera y no a ésta
Dichosos los que van por caminos perfectos
"La dicha en la Biblia no procede de tener la vida perfecta, sino de tener la conciencia tranquila cultivando una relación de obediencia con Dios”






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