Es cierto que, sin perjuicio de su importancia y centralidad en el Nuevo Testamento, desde el punto de vista bíblico no es la iglesia como tal la que otorga la salvación, sino Cristo mismo, por lo que, parafraseando al teólogo Gregory Boyd, tenemos que conceder que siempre es posible que algunos se salven al margen de la iglesia, pero no al margen de Cristo. Sin embargo, también es cierto que siempre será peligroso para nuestra salud y vitalidad espiritual descuidar la iglesia o marginarse voluntariamente de ella y de la comunión que estamos llamados a cultivar en ella, como lo manifiesta el compromiso renovado del pueblo con el templo y el día de reposo durante el avivamiento y las consecuentes reformas emprendidas por Esdras y Nehemías “»También prometimos que, si la gente del país venía en sábado, o en cualquier otro día de fiesta, a vender sus mercancías o grano, nosotros no les compraríamos nada. Prometimos asimismo que en el séptimo año no cultivaríamos la tierra y que perdonaríamos toda deuda…Los israelitas y los levitas llevarán las ofrendas de trigo, de vino y de aceite a los depósitos donde se guardan los utensilios del santuario y donde permanecen los sacerdotes, los porteros y los cantores, cuando están de servicio. »Así nos comprometimos a no descuidar el Templo de nuestro Dios»” (Nehemías 10:31, 39), actitud que encuentra eco en el Nuevo Testamento en la siguiente inspirada y conocida instrucción: “No dejemos de congregarnos, como acostumbran hacer algunos, sino animémonos unos a otros…” (Hebreos 10:25)
No dejemos de congregarnos
“La renovación de nuestros pactos y compromisos con Dios debe incluir siempre respetar y guardar el reposo ordenado por él y no descuidar Su templo”






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