La civilización con toda su compleja infraestructura, sus construcciones culturales y los avances tecnológicos que incorpora a la vida de las personas que forman parte de ella nos brinda, ciertamente, comodidades, ayudas y facilidades para hacer las cosas que nos permiten eventualmente no tener que vivir para trabajar, sino trabajar para vivir, disfrutando a la vez de espacios de descanso y esparcimiento, teniendo satisfactoriamente cubiertas nuestras necesidades básicas. Pero la civilización trae sus propios males, pues no distribuye estas cosas de manera equitativa, sino que también aumenta las desigualdades, incrementando las riquezas de unos pocos y las carencias de muchos. Además, las convenciones sociales de clase y el consumismo desbordado generan presiones sobre las personas para no desentonar y conservar o alcanzar cierto estatus económico y reconocimiento social junto con los símbolos que los acompañan, llevándonos a olvidar que se puede vivir bien de manera sencilla y con relativamente poco y que muchas de las cosas que consideramos necesarias son, en realidad, accesorias. La civilización implica, por ejemplo, que bienes que la naturaleza provee de modo gratuito tengamos que pagarlos, como lo ilustra la queja de los judíos bajo el yugo del imperio babilónico: “El agua que bebemos, tenemos que pagarla; la leña, tenemos que comprarla” (Lamentaciones 5:4). Por eso, recuperar la conciencia de que Dios ya ha provisto lo necesario en la naturaleza nos libera del afán y las preocupaciones y nos devuelve a una vida más plena, sencilla, agradecida y en paz
La leña, tenemos que comprarla
"La civilización junto con sus comodidades nos lleva a olvidar que todo lo necesario para vivir y fructificar Dios lo provee gratis en la naturaleza”






Deja tu comentario