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Los milagros de omisión

Los que a diario damos por sentados

Refiriéndose a lo sucedido el viernes santo, Philip Yancey dijo en cierta oportunidad que: “El milagro [del viernes santo] yace… no en lo que sucedió, sino en lo que no sucedió”. Porque el viernes santo tuvo lugar un conmovedor “milagro de omisión”. Y es que, teniendo en cuenta Quien era el que estaba siendo crucificado: nada más y nada menos que Dios mismo, el Creador de todo el universo, es realmente sorprendente y difícil de imaginar que el universo entero no se hubiera movilizado para impedirlo, como lo dio a entender el propio Señor al dirigirse a Pedro, luego de que este hiriera con la espada a Malco para tratar de impedir su arresto: “¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles?” (Mateo 26:53). No deja de ser asombroso que las doce legiones de ángeles de las que Cristo le habló a Pedro no hubieran intervenido, sino que hubieran permanecido como meros espectadores del drama de los tiempos. Es admirable que la única protesta del universo al respecto haya sido un breve y muy focalizado terremoto y el oscurecimiento del cielo por algunas horas, pero nada más. Por eso, lo que tuvo lugar el viernes santo fue un milagro de omisión. Un milagro que tiene que ver, más que con lo que Dios hace de manera extraordinaria, con lo que no hace de manera ordinaria, pero no por eso menos asombrosa cuando lo pensamos bien.

Porque los milagros de omisión son milagros que tienen lugar a diario y que por esa misma razón ya no nos impresionan ni llaman nuestra atención al punto que los pasamos por alto sin percibirlos ni agradecerlos. Son tan habitualmente obvios, que terminamos obviándolos. Ya lo dijo Miguel de Unamuno: “Hace mucha falta que se repita a diario lo que a diario, de ‘puro sabido’ se olvida”. No obviemos, entonces, lo obvio. No ignoremos ni pasemos por alto los milagros de omisión, por el hecho de que sean asunto de todos los días, pues, de hecho, sería mucho más saludable para la iglesia enfocarse en los milagros de omisión que en los de acción. Milagros de omisión que podemos enumerar y precisar mejor en los que siguen.

En primer lugar, el milagro del universo y la naturaleza. Los físicos, los cosmólogos, los astrónomos, los químicos y los biólogos o como quien dice, la crema y nata de la ciencia actual, está llegando cada vez con más fuerza a la conclusión de que el funcionamiento de la naturaleza es un milagro maravilloso. Resulta, pues, que un milagro ya no se define únicamente como un suceso sobrenatural, es decir un suceso que pone en suspenso el funcionamiento habitual de la naturaleza obrando por encima de las leyes naturales descubiertas y formuladas por la ciencia, sino que el mismo funcionamiento natural del mundo también es un milagro continuo, según se deduce de las calificadas declaraciones de personajes familiarizados con la ciencia y que entienden satisfactoriamente los avances científicos y las conclusiones a las que nos conducen.

Para la muestra dos botones. En primer lugar, el periodista Lee Strobel, después de haber entrevistado a un número selecto de prestigiosos científicos especialistas en muchas ramas de la ciencia actual, concluyó: “El funcionamiento cotidiano del universo es, en sí mismo, una clase de milagro continuo. Las «coincidencias» que permiten que las propiedades fundamentales de la materia ofrezcan un medio ambiente habitable son tan improbables, tan inverosímiles, tan elegantemente orquestadas, que requieren de una explicación divina”. Asimismo, el también periodista de ciencia Fred Heeren confiesa: “Me resulta muy difícil creer que alguna vez en el pasado haya ocurrido un milagro. Con todo, aquí estamos, pruebas vivientes de que, de algún modo en el pasado, todo tuvo que haber salido de la nada… y no hay medio natural de que algo así ocurra… Esto me coloca en algo así como un dilema. Por un lado, no creo en milagros, pero por el otro todo el universo es al parecer un milagro enorme e indescriptible”.

No hay duda de que la naturaleza es un milagro, pero ¿por qué un milagro de omisión? Porque Dios escogió crear un universo en el que pudiéramos ver su mano de manera constante, sin que Él tenga que estar interviniendo todo el tiempo de manera directa para hacer funcionar todas las cosas y hacerse sentir de paso. De seguro que la presencia y la actividad de Dios en el universo tiene que ver con la supervisión que él ejerce sobre todo, pero no con su intervención directa en todo momento y en todo lugar. El diseñó leyes fina y exquisitamente ajustadas para el buen funcionamiento de la materia y de la vida que pueden mantener todo operando sin que él tenga que intervenir de manera directa y manifiestamente sobrenatural todo el tiempo. En otras palabras, Dios omite tener que estar interviniendo continuamente en el curso de la naturaleza para dar testimonio de sí mismo. Y esta omisión se debe a que el mismo funcionamiento del universo y la naturaleza es ya de por sí un milagro en el que cualquier persona desprejuiciada y honesta puede ya percibir su presencia y su poder.

El milagro de la misericordia es otro milagro de omisión. Ese por el que Dios, día tras día, mañana tras mañana, omite llevar a cabo la sentencia de muerte que pende sobre todos y cada uno de los seres humanos. No olvidemos que, al margen del evangelio, todos los seres humanos somos reos de muerte que hemos pecado de una y mil maneras, pues “No hay un solo justo, ni siquiera uno… Todos se han descarriado… todos han pecado y están privados de la gloria de Dios” (Romanos 3:10, 12, 23). Y como tales, la justicia demanda que seamos ejecutados de manera sumaria y en el acto, pues: “… la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23). En este orden de ideas cada mañana que despertamos vivos es un milagro de omisión. El milagro de la misericordia de Dios que omite un día más la ejecución de la sentencia justa que pesa sobre nosotros. Por eso, deberíamos elevar una plegaria al cielo en el mismo momento en que abrimos los ojos en la mañana y adquirimos conciencia de que estamos vivos un día más, pues no sabemos si mañana lo estaremos igualmente, ni podemos darlo por sentado.

En conexión con el anterior, encontramos el milagro de la providencia, por el cual no tenemos que estar afrontando a diario en vida todo el peso y las consecuencias de nuestros pecados. Habitualmente esperamos que las cosas salgan bien y nos molestamos y fastidiamos cuando no salen así. Pero, si somos honestos, debemos reconocer que nunca hemos hecho los méritos suficientes para que todo tenga que salir bien. Es por la providencia divina que en el curso de nuestros días las cosas terminan saliendo mejor de lo que mereceríamos.Porque no cometemos tan sólo “errores”. Cometemos pecados. Y el pecado es una realidad tan universal que, en una muy razonable y comprensible relación de causa y efecto, explica por qué las cosas salen mal. Por eso, cuando Dios atenúa el impacto que deberían tener en nuestra vida nuestras malas actitudes y acciones, está, en Su Providencia, omitiendo el castigo pleno que nuestros pecados merecerían. Porque, por lo general, siempre obtenemos más de lo que merecemos. Y eso es un milagro de omisión.

Como eslabón final de la cadena encontramos el milagro de la paciencia. La paciencia de Dios con nosotros también es un milagro diario de omisión que no podemos dar por sentado. Porque Dios es ciertamente paciente en su misericordia, al darle largas y omitir día a día la ejecución de la justa sentencia de muerte y la condenación eterna que nuestro pecado amerita. Y es paciente en su providencia al omitir el castigo que nuestros pecados merecerían en vida, atenuando drásticamente el impacto que podrían y deberían tener sobre el funcionamiento de las cosas. Pero no podemos olvidar que la paciencia de Dios tiene límites y que tiene como propósito darnos tiempo para arrepentirnos y reconciliarnos con Él mediante la fe en Jesucristo, para proceder así a agradecer cada día con plena conciencia estas omisiones divinas, que no por ser habituales, podemos darlas por sentadas sin más como un derecho adquirido.

Arturo Rojas

Cristiano por la gracia de Dios, ministro del evangelio por convicción y apologista por vocación. Estoy casado con Deisy y tengo dos hijos: Mateo y María José. Hice estudios en el Instituto Bíblico Integral de Casa Sobre la Roca y me licencié en teología por la Facultad de Estudios Teológicos y Pastorales de la Iglesia Anglicana y de Logos Christian College. Cursé enseguida una maestría en Divinidades y estudios teológicos en Laud Hall Seminary y, posteriormente, fui honrado con un doctorado honorario por Logos Christian College.

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