El libro de Números debe su nombre a los dos censos ordenados por Dios para su pueblo al inicio y al final de su peregrinaje por el desierto: “«Hagan un censo de toda la comunidad de Israel por clanes y por familias patriarcales, anotando uno por uno los nombres de todos los varones” (Números 1:2). Debido a su indiscutible utilidad, los censos eran una iniciativa legítima por parte de las autoridades y gobernantes. De hecho, un censo romano sirvió a Dios como ocasión para dar cumplimiento a la profecía que establecía el lugar de nacimiento del Mesías: “Pero tú, Belén Efrata, pequeña entre los clanes de Judá, de ti saldrá el que gobernará a Israel; sus orígenes son de un pasado distante, desde tiempos antiguos” (Miqueas 5:2), pues este censo estableció que las personas debían inscribirse en sus lugares de origen, obligando a José y María, que se hallaban establecidos en Nazaret, a desplazarse momentáneamente a Belén, su lugar de origen, coincidiendo con los días finales del embarazo de María que dio así a luz a nuestro Señor Jesucristo de manera apresurada en la gruta del pesebre al no hallar posada para hospedarse con mayor comodidad. En Israel los censos llevados a cabo por iniciativa del gobernante prescribían el pago de una suma de dinero por parte de cada uno de los contados como: “… rescate por su vida, para que no le sobrevenga ninguna plaga durante el censo” (Éxodo 30:12), precepto que David no parece haber tenido en cuenta en su malogrado censo, llevado probablemente a cabo también para vanagloria personal siendo por eso desaprobado por Dios
Los censos
“Los censos en Israel fueron una iniciativa de Dios para fines logísticos de organización y gobierno y no para la vanagloria personal de nadie"
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