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Estudios bíblicos

La verdadera seguridad

Antonio Gala hacía en su momento la siguiente lúcida reflexión: “Se dice que la seguridad pierde al hombre y esa paradoja contiene una de las mayores verdades de su existencia. Es curioso que los padres, para el porvenir de sus hijos,… aspiren a la seguridad… ¿a costa de qué?: de iniciativas, de movilidad, de viveza, de riesgo, de progreso. Es decir, a costa de aquello que de más humano tiene el hombre”. Reflexión que, más que una crítica a la búsqueda natural de seguridades emprendida por el ser humano, es una advertencia para no basar nuestra seguridad en cosas equivocadas y engañosas que sofoquen las iniciativas y el riesgo calculado que la vida conlleva. En especial, debido a que el hombre suele buscar su seguridad en cosas accesorias, contingentes e inciertas como el dinero, la estabilidad laboral, el prestigio, las posiciones, la educación o la presunción de que todo permanecerá siempre como está. Nada de esto es de desechar, pero toda seguridad que se fundamente en ello es muy frágil y engañosa, pues la verdadera seguridad se asocia con Dios, que es quien en últimas provee los medios que otorgan algún grado de seguridad en esta vida, como ya lo había anunciado Moisés al pueblo en su peregrinaje por el desierto: “Pero ustedes cruzarán el río Jordán y vivirán en la tierra que el Señor su Dios les da en herencia; él los librará de sus enemigos que los rodean, y ustedes vivirán seguros” (Deuteronomio 12:10); y lo describió con mayor detalle y lirismo el libro de Job: “Pero si no vacila tu mente, si extiendes las manos hacia él, si apartas tu mano de la maldad y no alojas en tu tienda la injusticia, podrás alzar la frente sin mancilla; te acosarán, pero no tendrás miedo; podrás olvidar tu infortunio, recordándolo como agua que pasó. Tu vida será más luminosa que el mediodía, tus tinieblas serán como un amanecer; vivirás seguro y con esperanza, te sentirás protegido, dormirás tranquilo; descansarás libre de sobresaltos y muchos buscarán tu favor” (Job 11:13-19 BLPH). Medios todos que Dios provee, pero que muchos terminan equivocadamente buscando como fines en sí mismos.

David admitía que sólo refugiándose en Dios se sentía seguro: “Por siempre moraré en tu santuario. ¡Seguro bajo el amparo de tus alas!” (Salmos 61:4 NBV), algo que había caracterizado su vida desde su juventud: “pues tú, Señor, desde mi juventud eres mi esperanza y mi seguridad” (Salmo 71:5 DHH), y que afirmaba que tendría efectos benéficos incluso sobre su descendencia: “Los hijos de tus siervos vivirán seguros, y sus descendientes prosperarán en tu presencia»” (Salmo 102:28). En la misma línea, en el Nuevo Testamento los apóstoles refieren su seguridad respectivamente a su confianza en la Palabra de Dios recogida por los profetas: “Esto hace más seguro el mensaje de los profetas, el cual con toda razón toman ustedes en cuenta. Pues ese mensaje es como una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que el día amanezca y la estrella de la mañana salga para alumbrarles el corazón” (2 Pedro 1:19), y al inmutable carácter divino expresado en el amor que Dios profesa hacia sus hijos: “Estoy seguro de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni potestades cósmicas, ni lo presente, ni lo futuro, ni poderes sobrenaturales, ni lo de arriba, ni lo de abajo, ni cualquier otra criatura, será capaz de arrebatarnos este amor que Dios nos tiene en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Romanos 8:38). Razón por la cual Pablo podía declarar con osada confianza: “Por ese motivo padezco estos sufrimientos. Pero no me avergüenzo, porque sé en quién he creído, y estoy seguro de que tiene poder para guardar hasta aquel día lo que le he confiado” (2 Timoteo 1:12). Debido a todo esto, debe ser Dios quien establece las condiciones para disfrutar de seguridad en este mundo, diciendo: “»Pongan en práctica mis estatutos y observen mis preceptos, y habitarán seguros en la tierra. La tierra dará su fruto, y comerán hasta saciarse, y allí vivirán seguros” (Levítico 25:18-19), pues ésta es simple consecuencia de la bendición de Dios, quien promete: “la trilla durará hasta la vendimia, y la vendimia durará hasta la siembra. Comerán hasta saciarse y vivirán seguros en su tierra” (Levítico 26:5).

Por otra parte, es importante tener en cuenta que la seguridad que Dios provee no consiste por lo pronto en que las circunstancias siempre nos sean favorables, sino en la certeza de que él siempre las puede prever y ejercer sobre ellas un sabio, selectivo y estratégico control, cualesquiera que sean, de tal manera que éstas nunca lo toman por sorpresa, permitiendo así que podamos confiar y tener seguridad “a pesar de”, estableciendo así una diferencia con aquella seguridad que se basa en las circunstancias externas y que de darse, termina fomentando una confianza ociosa y conformista como la de los habitantes de la ciudad de Lais, descritos de este modo: “Entonces aquellos cinco hombres salieron, y vinieron a Lais; y vieron que el pueblo que habitaba en ella estaba seguro, ocioso y confiado, conforme a la costumbre de los de Sidón, sin que nadie en aquella región les perturbase en cosa alguna, ni había quien poseyese el reino. Y estaban lejos de los sidonios, y no tenían negocios con nadie” (Jueces 18:7). Seguridad que, como lo ilustra la debacle posterior de esta ciudad, contiene en sí misma el germen de su destrucción y que justifica la advertencia del apóstol: “Así que, el que se sienta muy seguro y firme, cuídese de no caer” (1 Corintios 10:12 PDT); puesto que en estos casos: “Cuando estén diciendo: «Paz y seguridad», vendrá de improviso sobre ellos la destrucción, como le llegan a la mujer encinta los dolores de parto. De ninguna manera podrán escapar” (1 Tesalonicenses 5:3). En conclusión, si bien el espíritu del mundo afirma que “seguro mata a confianza”, en contraste y oposición a esto el Espíritu de Dios declara que es la confianza en sus promesas la que da pie a la seguridad final del creyente, como lo establece el autor sagrado: “Mediante la promesa… Tenemos como firme y segura ancla del alma una esperanza que penetra… hasta donde Jesús… entró por nosotros” (Hebreos 6:18-20).

Arturo Rojas

Cristiano por la gracia de Dios, ministro del evangelio por convicción y apologista por vocación. Estoy casado con Deisy y tengo dos hijos: Mateo y María José. Hice estudios en el Instituto Bíblico Integral de Casa Sobre la Roca y me licencié en teología por la Facultad de Estudios Teológicos y Pastorales de la Iglesia Anglicana y de Logos Christian College. Cursé enseguida una maestría en Divinidades y estudios teológicos en Laud Hall Seminary y, posteriormente, fui honrado con un doctorado honorario por Logos Christian College.

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