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La oración de Manasés

En los círculos cristianos el tema de la oración es fundamental y el Señor Jesucristo se anticipó a proveer para este crucial interés en la vida de los creyentes al dejarle a la iglesia ese modelo de oración que conocemos en el medio hispano parlante como el “Padre nuestro”. Sin embargo, la Biblia registra continuamente oraciones muy pertinentes por parte de sus protagonistas, muchas de las cuales reflejan una profunda teología producto de una acertada cosmovisión bíblica de la realidad. Los salmos son uno de los más ricos y apreciados compendios de las oraciones de sus autores, destacándose entre todos ellos el rey David, autor inspirado de un mayoritario número de ellos. En épocas relativamente recientes en el medio evangélico popular se hizo célebre la llamada “oración de Jabes” a raíz de un pequeño libro con el mismo título del autor Bruce Wilkinson que, con mucha afinidad con la teología de la prosperidad, de masivo recibo entre los evangélicos poco ilustrados, exitistas y algo supersticiosos (que a juzgar por éxito en ventas del libro, son la mayoría), desglosó la breve oración de este personaje del cual, aparte de la oración que se le atribuye, muy poco se dice en la Biblia, sin mencionar la brevedad y la poca profundidad teológica de su oración, según se observa en los dos escasos versículos bíblicos que se le dedican, a saber: “Jabés fue más importante que sus hermanos. Cuando su madre le puso ese nombre, dijo: «Con aflicción lo he dado a luz». Jabés le rogó al Dios de Israel: «Bendíceme y ensancha mi territorio; ayúdame y líbrame del mal, para que no padezca aflicción». Y Dios le concedió su petición” (1 Crónicas 4:9-10).

En lo personal, mi acercamiento a la Biblia y mi formación crítica como apologista me inclina a opinar que un personaje de tan breve mención como Jabes, cuya alusión no deja de ser anecdótica en medio de las genealogías bíblicas en las que se encuentra, no justifica el esfuerzo de dedicarle un libro, ni a él, ni mucho menos a su oración como un modelo de lo que debería ser la oración del creyente. Sobre todo, teniendo en cuenta que ya tenemos el Padre nuestro y todas las demás mencionadas con anterioridad a vuelo de pájaro. Sin embargo, hay un personaje que siempre me ha inquietado por su carácter paradigmático: el rey Manasés de Judá, durante la época del reino dividido. A él se le dedica una mucho mayor extensión que a Jabes por partida triple: en el Segundo libro de los reyes y en los dos libros de Crónicas. Este personaje siempre me llamó la atención, inquietándome acerca de cómo uno de los mejores reyes de Judá ꟷes decir Ezequías, el padre de Manasésꟷ, podría engendrar al que se considera unánimemente como el peor de todos los reyes, tanto de Judá como del mismo reino de Israel en el norte, que valga decir que, a diferencia de algunos de los veinte de Judá en el sur (todos ellos de la dinastía davídica), nunca tuvo un buen rey entre los diecinueve que se sucedieron allí a lo largo de nueve convulsionadas dinastías diferentes en un periodo mucho más corto de tiempo que el que abarcó a los reyes de Judá.

Segundo de Reyes da una semblanza muy sombría y hasta ofensiva de este rey que justifica calificarlo como el peor de todos los reyes: “Manasés hizo lo que ofende al Señor, pues practicaba las repugnantes ceremonias de las naciones que el Señor había expulsado delante de los israelitas. Reconstruyó los altares paganos que su padre Ezequías había destruido; además, erigió otros altares en honor de Baal e hizo una imagen de la diosa Aserá, como lo había hecho Acab, rey de Israel. Se postró ante todos los astros del cielo y los adoró. Construyó altares en el templo del Señor, lugar del cual el Señor había dicho: «Jerusalén será el lugar donde yo habite». En ambos atrios del templo del Señor construyó altares en honor de los astros del cielo. Sacrificó en el fuego a su propio hijo, practicó la magia y la hechicería, y consultó a nigromantes y a espiritistas. Hizo continuamente lo que ofende al Señor, provocando así su ira” (2 Reyes 21:2-6). La tradición del Talmud dice, incluso, que este rey asesinó al profeta Isaías ordenando que lo aserraran por la mitad cuando se escondió en un tronco hueco para huir de la persecución de la que fue víctima por parte de este rey, episodio que parece aludir el autor de la epístola a los Hebreos cuando dice en el capítulo de los héroes de la fe que algunos de ellos fueron: “… apedreados, aserrados por la mitad, asesinados a filo de espada…” (Hebreos 11:37).

Mi rechazo inicial a este rey se vio fuertemente impactado de manera desconcertante al leer la información adicional que de él brinda el segundo libro de Crónicas que, sin dejar de reiterar lo que de él dice Segundo de Reyes, añadiendo incluso más detalles en la misma línea descarriada y rebelde a Dios, en un momento de la narración nos da, no obstante, la siguiente sorprendente información en relación con las acciones disciplinarias que Dios ejerció contra él, desestimadas en principio, hasta que leemos: “Por eso el Señor envió contra ellos a los jefes del ejército del rey de Asiria, los cuales capturaron a Manasés y lo llevaron a Babilonia sujeto con garfios y cadenas de bronce. Estando en tal aflicción, imploró al Señor, Dios de sus antepasados, y se humilló profundamente ante él. Oró al Señor, y él escuchó sus súplicas y le permitió regresar a Jerusalén y volver a reinar. Así Manasés reconoció que solo el Señor es Dios” (2 Crónicas 33:11-13). Pero la información adicional que suscitó este artículo y el título que lo identifica, es la siguiente que el cronista nos da como compendio de su reinado: “Los demás acontecimientos del reinado de Manasés, incluso su oración a Dios y las palabras de los profetas que le hablaban en nombre del Señor, Dios de Israel, están escritos en las crónicas de los reyes de Israel. Su oración y la respuesta que recibió, como también todos sus pecados y rebeldías, los sitios donde erigió santuarios paganos y colocó las imágenes de la diosa Aserá y de otros ídolos, lo cual hizo antes de su humillación, todo esto está escrito en las crónicas de Jozay. Manasés murió y fue sepultado en su palacio, y su hijo Amón lo sucedió en el trono” (2 Crónicas 33:18-20).

En medio del desconcierto que me generó esta información que, a mi modo de ver, matiza drásticamente el unánime señalamiento que se le hace como el peor de todos los reyes de Israel y de Judá combinados, y cuando me estaba recuperando del impacto inicial, la repetida referencia que aquí se hace a “su oración” transformó mi desconcierto en curiosidad, pues no pude encontrar esta oración en los libros canónicos de Primero y Segundo de Crónicas incluidos en la Biblia, a pesar de que el cronista afirma que esta oración quedó registrada en documentos oficiales del reino también llamados “crónicas”. Así que me di a la tarea de buscarla, hallándola sin gran dificultad, junto con la siguiente información alrededor de ella, bien compendiada por Wikipedia: “La Oración de Manasés es una obra corta que consta de quince versos y es aceptada como la oración penitencial del rey Manasés de Judá… La oración se considera apócrifa tanto por judíos como católicos y protestantes. Fue incluida en la Vulgata a finales del siglo IV, inmediatamente después del libro de 2 Crónicas. La oración fue incluida en la Biblia del Oso de 1569 y en la Biblia de Ginebra de 1560, por lo tanto aparece en los libros apócrifos de la King James Versión de 1611… La oración está incluida en algunas versiones de la Septuaginta griega… Se acepta como un libro Deuterocanónico por algunos Cristianos Ortodoxos… También se utilizó como cántico en el Libro de la Oración Común, utilizado por la Iglesia Episcopal de los Estados Unidos”.

Si bien se dice que la oración de Manasés es oficialmente considerada en general apócrifa por judíos y cristianos por igual, es evidente que esta postura no es, o no ha sido, unánime, algo que puede ser indicio del mérito que puede tener, por lo que pongo este mérito a juicio del lector sin comentarios adicionales copiándola aquí en toda su extensión:

“Oh Señor Todopoderoso, Dios de nuestros antepasados, de Abraham y de Isaac y de Jacob y de sus justos descendientes; tú que hiciste el cielo y la tierra con todo su orden; quién encadenaste el mar por tu palabra de comando, que confinó lo profundo y que sellaste con tu terrible y glorioso nombre; en quién todas las cosas se estremecen, y tiemblan ante tu poder, porque tu esplendor glorioso no se puede aguantar, y la cólera de tu amenaza para los pecadores es incalculable; sin embargo, inmensurable e inalcanzable es tu misericordia prometida, Tú eres el Señor Altísimo, de gran compasión, continuo cuidado, y muy misericordioso, y tú te aplacas ante el sufrimiento humano. Oh Señor, de acuerdo a tu gran bondad, tú has prometido arrepentimiento y perdón a los que han pecado contra Ti, y en la multitud de tus misericordias tú has designado el arrepentimiento para los pecadores, para que puedan ser salvados. Por lo tanto tú, Oh Señor, Dios de los justos, no has designado el arrepentimiento para el justo, porque Abraham, Isaac y Jacob, no pecaron contra ti, pero tú has designado el arrepentimiento para mí, que soy un pecador. Porque los pecados que he cometido son más en número que la arena del mar; mis transgresiones son multiplicadas, Oh Señor, son multiplicadas. No soy digno mirar para arriba y ver la inmensidad del cielo debido a la multitud de mis iniquidades. Me siento pesado, como atado con muchas cadenas de hierro, y por eso soy rechazado debido a mis pecados, y no tengo ningún alivio; porque he provocado tu cólera y he hecho lo que es malvado en tu vista, creando abominaciones y multiplicando ofensas. Y ahora doblo la rodilla de mi corazón, implorándote tu amabilidad. He pecado Señor, he pecado, y reconozco mis transgresiones. Honestamente te imploro, perdóname, Oh Señor, perdóname ¡No me destruyas con mis transgresiones! No estés enojado conmigo para siempre, no guardes maldad para mí; no me condenes a las profundidades de la tierra. Porque Tú, Oh Señor, eres el Dios de los que se arrepienten. Y en mí tu manifestarás tu bondad; porque, indigno aun como yo soy, tú me salvarás de acuerdo a tu gran misericordia, y yo te alabaré continuamente todos los días de mi vida. Porque toda la multitud del cielo canta tu alabanza, y tuya es la gloria para siempre. Amén”.

No sé, ni puedo asegurar que esta oración sea la oración que elevó Manasés a Dios en su sincero arrepentimiento a la que hace referencia Segundo de Crónicas, pero si no lo es, es una oración doctrinalmente acertada y con una profunda teología detrás de ella que en nada desentona con los mejores y más sentidos salmos penitenciales en la Biblia, por lo que, a pesar de no estar seguro de que amerite todo un libro dedicado a ella para ahondar en su evidente provecho práctico para la vida del creyente, si me parece con mucho mayor mérito y beneficio que la oración de Jabes para todo propósito devocional, pues me muestra que incluso para un personaje como Manasés, sin duda el peor de las reyes de Israel y de Judá si nos atenemos a sus múltiples pecados, hay esperanza de redención y que sólo Dios puede saber quienes han pasado ya en vida el punto de no retorno, de modo que no estamos autorizados para decir de nadie con seguridad: “… «Dios no lo salvará.»…” (Salmo 3:2) como lo aseguraban los enemigos de David en sus mayores momentos de dificultad.

Arturo Rojas

Cristiano por la gracia de Dios, ministro del evangelio por convicción y apologista por vocación. Hice estudios en el Instituto Bíblico Integral de Casa Sobre la Roca y me licencié en teología por la Facultad de Estudios Teológicos y Pastorales de la Iglesia Anglicana y de Logos Christian College. Cursé enseguida una maestría en Divinidades y estudios teológicos en Laud Hall Seminary y, posteriormente, fui honrado con un doctorado honorario por Logos Christian College.

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