Hay dos atributos que la Biblia nos revela acerca de Dios que se encuentran íntimamente relacionados: la inmanencia y la omnipresencia. El primero de ellos, es un atributo ontológico, es decir, relativo al ser, pues consiste en que Dios se encuentra en todo lo que existe, constituyendo, apoyando y fundamentándolo todo. Él está presente de algún modo indefinible en todos los seres de la creación brindándoles cohesión y consistencia y sustentándolos para que sigan siendo lo que son y no se disgreguen, desintegren o desvanezcan en la nada. Algunos lo definen más exactamente diciendo, no que Dios está en todo lo que existe, sino más bien que todo lo que existe está en Dios, como lo declaró el apóstol: “‘puesto que en él vivimos, nos movemos y existimos’. Como algunos de sus propios poetas griegos han dicho: ‘De él somos descendientes.’…” (Hechos 17:28). Pero relacionado con éste, aunque distinguiéndose de él, se halla el atributo de la omnipresencia, que es un atributo espacial, es decir, relativo al espacio y que significa entonces que Dios está en todas partes o en todos los lugares a la vez. Esto fue lo que descubrió Jacob: “Al despertar Jacob de su sueño, pensó: «En realidad, el Señor está en este lugar, y yo no me había dado cuenta»” (Génesis 28:16). Por eso, cuanto antes nos demos cuenta, como Jacob, reconociendo la realidad divina en donde quiera que nos encontremos e invocándola con humildad y sometiéndonos a Él, más pronto nos daremos cuenta también de que, en realidad, nunca estamos solos ni dejados a nuestra suerte como podríamos pensarlo
El Señor está en este lugar
“El problema de fondo con Dios no es que Él se oculte y no se deje encontrar de nosotros, sino que esté presente sin que nosotros nos demos cuenta”
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