fbpx
Artículos

Cuatro mitos de la historia de la iglesia

Desde Constantino hasta Galileo

Los mitos populares relativos a la historia humana abundan y se convierten rápidamente en lugares comunes que todos citan como hechos irrefutables que toda persona medianamente culta debería conocer. En relación con la iglesia y los aspectos en que ha estado enfrentada en mayor o menor grado con el pensamiento secular en muchos casos hostil y antagónico a ella, hay algunos mitos que éste último suele citar para atacarla y desvirtuar su mensaje y su credibilidad, siempre apelando en mayor o menor grado a las teorías de conspiración en las que la iglesia sería la conspiradora. Pero también al interior de la iglesia, en el ejercicio apologético emprendido entre las ramas católica y protestante de la cristiandad occidental, han surgido sus mitos correspondientes en los que la conspiradora sería la iglesia de Roma, en contra del resto de la cristiandad supuestamente más fiel a la Biblia, con el protestantismo evangélico como su más emblemático abanderado.

Vamos a considerar en este breve artículo de manera necesariamente sumaria y sintética cuatro de estos mitos que sobresalen entre otros. Los dos primeros tienen que ver con la apologética popular del protestantismo en contra del catolicismo romano y consisten, el primero de ellos, en la afirmación típicamente evangélica en el sentido de que la iglesia católica romana surgió con el emperador Constantino que fue, entonces, quien con sus decisiones políticas y sus alianzas con el clero dominante, sentó las bases de lo que hoy designamos como el catolicismo romano. Esta es una visión muy simplista de las cosas y, por lo mismo, equivocada. Porque ni Constantino fue un frío y calculador conspirador en contra del cristianismo para pervertirlo, ni los obispos de la época se plegaron a él de una manera monolítica ni mucho menos, incluyendo entre ellos al obispo de Roma.

Para decirlo de manera puntual y sin entrar en los matices detallados de la historia, Constantino fue un político que quiso unir al imperio y que vio, acertadamente, en la iglesia cristiana el mejor recurso para lograrlo. Por eso, sus actuaciones a favor de la iglesia no deben verse como estrategias calculadas para pervertirla, más allá de sus resultados posteriores y de si se juzgan buenas o malas desde nuestro horizonte actual, sino como actos de gobierno para alcanzar la unidad del imperio. Constantino no fue, pues, ni el primer emperador cristiano, pues su cristianismo dejó siempre que desear y la iglesia fue plenamente consciente de ello y nunca lo trató como a un creyente en propiedad, sino más bien como a un simpatizante de la causa cristiana que, en esa condición, deseaba favorecerla, pero que nunca logró entender la naturaleza exacta del cristianismo. Pero dicho esto, debemos afirmar también la sinceridad de Constantino, que al margen de su entendimiento defectuoso de la fe, de todos modos favoreció a la iglesia sin dobles ni ocultas intenciones, en una época en que ésta no estaba sometida a Roma y el gobierno monárquico sobre la iglesia universal ejercido por el obispo de Roma estaba todavía muy lejos de concretarse en el horizonte inmediato de la historia, por lo que no puede decirse sin faltar a la verdad que la iglesia católica romana surge con Constantino.

De hecho, en la narrativa evangélica popular, el otro mito en contra del catolicismo Romano, asociado también a Constantino como emperador del imperio romano, es el del papa como el otro eje conspirativo que habría configurado de manera temprana al catolicismo romano que habría, además, traicionado de forma premeditada el evangelio de Cristo. La verdad es que, si bien los protestantes evangélicos seguimos sosteniendo actualmente una justificada polémica contra el papado como una institución ajena al cristianismo bíblico y primitivo, y en especial contra sus pretensiones de hegemonía jerárquica sobre la iglesia universal, esto no significa que el papado haya surgido con malas intenciones ni mucho menos. Para decirlo también de manera resumida, el papado surgió por el vacío de poder y el caos generado en la parte occidental del imperio luego de su conquista por parte de las diversas tribus bárbaras procedentes del norte.

Ante el deterioro y la debilidad creciente de la autoridad imperial en un occidente políticamente fragmentado y convulsionado, el clero romano educado y con capacidad de gobierno, con su obispo a la cabeza, se vio prácticamente empujado a llenar este vacío de poder sin intereses conspirativos de por medio y muchas de sus ejecutorias fueron acertadas y contribuyeron a poner un poco de orden en el imperio que no se habría logrado sin su decisivo concurso. Posteriormente, y a la sombra del reconocimiento que fue alcanzando por esta causa, comenzó a sobresalir inevitablemente por encima de otras sedes eclesiásticas importantes como la de Jerusalén, la de Antioquía, la de Alejandría y la de Constantinopla y fue en estos momentos en que reclamó hegemonía sobre ellas y se configura, entonces, el papado tal y como lo conocemos hoy. Pero este fue un proceso largo y no premeditado en el que, al amparo de la importancia lograda y el poder alcanzado por la fuerza de los acontecimientos, el obispo de Roma fue adquiriendo cada vez más influencia e ínfulas hasta reclamar para sí mismo la autoridad sobre la iglesia que caracteriza al papado como institución. En este proceso se destacan, para bien y para mal, los nombres de León el Grande, Gregorio el Grande e Inocencio III, con quien el papado alcanzó su momento de mayor poder y con quien también se inició su declive.

Por otra parte, los mitos esgrimidos por el pensamiento secular tienen que ver, en primer lugar, con el Concilio de Nicea en el 325 d. C. convocado y auspiciado, precisamente, por el emperador Constantino, en el que convergen muchas de las teorías conspirativas que tienen a la iglesia como protagonista. Así, Dan Brown en su novela El Código Da Vinci recoge las acusaciones dirigidas contra la iglesia en el sentido de que en este Concilio ꟷque fue convocado en realidad para debatir las ideas de Arrio conocidas como “arrianismo”, cuyo entendimiento de la persona de Cristo se terminó condenando como herético y contrario a la Bibliaꟷ, la dirigencia dominante y mayoritaria de la iglesia se alió con el emperador para eliminar todas las disidencias minoritarias dentro de ella, y en particular la visión que los gnósticos tenían del cristianismo a través de todos los evangelios apócrifos asociados a ellos.

El punto es que nada hay más contrario a la verdad, pues el gnosticismo nunca estuvo en discusión en este concilio, ya que desde el primer siglo la iglesia lo combatió por tergiversar el cristianismo, y sus evangelios tardíos nunca fueron tenidos como dignos de consideración desde mucho antes de este concilio. Valga decir que los unitarios, es decir los cristianos que no creen en la doctrina de la Trinidad, también señalan al Concilio de Nicea como aquel en el cual se habría impuesto esta doctrina presuntamente pagana y ajena a la Biblia y al cristianismo primitivo, a pupitrazo limpio; cuando la verdad es que la doctrina de la Trinidad se deduce directamente de la Biblia y se comenzó a insinuar doctrinalmente desde los mismos comienzos del siglo II en los escritos de los padres apostólicos, dirigentes de la iglesia que sucedieron a los apóstoles y los inmediatamente posteriores apologistas griegos, cada vez con más fuerza y precisión, también mucho antes del Concilio de Nicea, que tuvo lugar hasta el siglo IV.

El otro mito que se ha vuelto un lugar común por parte del pensamiento secular en contra de la iglesia es el caso de Galileo Galilei, el cual, no obstante los señalamientos que, en justicia, puedan y deban hacérsele a la Iglesia Católica por haberlo juzgado y condenado como hereje; no es sin embargo como lo pintan, pues es sabido por todos los historiadores serios que, como nos lo revela Claude Allègre: “Galileo… No es, como se ha dicho con demasiada frecuencia, un genio aislado, incomprendido y finalmente condenado, rehén de un mundo ignorante y bárbaro”, sino más bien un ejemplo de “… una ciencia que hace valer una arrogancia mayor de lo que se supone”. En la misma línea, Vittorio Messori también dice: “Galileo no fue condenado por lo que decía, sino por ‘cómo’ lo decía”.

En efecto, Galileo Galilei no fue condenado por la iglesia, según se dice, como resultado de un presunto, inveterado e inevitable enfrentamiento entre una fe oscurantista y supersticiosa y una ciencia luminosa y esclarecida, como se nos ha querido hacer creer de manera sesgada y malintencionada; sino debido a que sus intuiciones básicas para cuestionar el modelo geocéntrico de Ptolomeo ꟷes decir, el modelo antiguo que afirmaba que la Tierra se encontraba en el centro y el Sol giraba alrededor de ellaꟷ, para proceder a respaldar el modelo heliocéntrico de Copérnico ꟷes decir el modelo actual que sostiene que no es la tierra la que se encuentra en el centro, sino el Sol y que la Tierra gira alrededor de élꟷ, si bien eran acertadas, fueron expresadas con una altivez y soberbia tales que terminó exasperando a la dirigencia de una iglesia que favoreció siempre las investigaciones del eminente científico italiano y lo había tratado con una consideración que Galileo despreció y no valoró ni supo corresponder adecuadamente y que matizan drásticamente su condenación por parte del clero. Es, pues, hora de ilustrarse al respecto para no seguir esgrimiendo estos mitos fáciles alrededor de la iglesia, ya sea a favor o en contra de ella.

Arturo Rojas

Cristiano por la gracia de Dios, ministro del evangelio por convicción y apologista por vocación. Estoy casado con Deisy y tengo dos hijos: Mateo y María José. Hice estudios en el Instituto Bíblico Integral de Casa Sobre la Roca y me licencié en teología por la Facultad de Estudios Teológicos y Pastorales de la Iglesia Anglicana y de Logos Christian College. Cursé enseguida una maestría en Divinidades y estudios teológicos en Laud Hall Seminary y, posteriormente, fui honrado con un doctorado honorario por Logos Christian College.

Deja tu comentario

Clic aquí para dejar tu opinión